…¿por qué si en Tuluá hay tanto artista y amante del arte no podemos hacer algo similar?…”.

Tuve la oportunidad de asistir por primera vez al famoso Carnaval del Diablo que se realiza en Riosucio, Caldas desde 1847, y lo hice en compañía de un grupo de familiares y amigos, con los que disfrutamos a más no poder. Para quienes no tienen idea de lo que se trata este Carnaval, les cuento que se lleva a cabo cada dos años, porque su organización demanda tantas actividades previas como recursos económicos para poder compartir con propios y visitantes su cultura con lujos y detalles.

El Carnaval del Diablo es una muestra de tradición en donde el cruce de razas del pueblo colombiano se da cita en una gran fiesta lúdica y donde la realidad se burla y se trastoca a través de la magia de la danza, el disfraz, la palabra, la poesía y la música. Hablando con habitantes de este acogedor pueblo cafetero, explicaban que para ellos la imagen del diablo, es un espíritu inspirador de muchas cosas como la preparación de los oídos para la música y el cuerpo para la danza. Es quien inspira a los escritores y poetas para fabricar los versos y canciones. Es un espíritu bueno de la tradición, custodio simbólico de la fiesta. No es un Diablo religioso, ni tampoco una fiesta anticristiana.

Las cuadrillas, más conocidas por nosotros como comparsas, me impresionaron demasiado por su amplio colorido, la majestuosidad de los vestuarios, la actitud de sus participantes, pero especialmente los mensajes que cada una transmitió, donde la sátira política fue la sobresaliente.

Pero hubo un momento que me impactó de gran manera y fue la entrada del diablo al pueblo, para el que miles de personas se prepararon con máscaras, diademas simulando los cachos del diablo, enormes capas y mucha pero mucha alegría. En estas líneas resulta imposible describir la energía y euforia que transmite la multitud en el que es considerado uno de los actos más importantes del Carnaval.

Jamás había visto tanta pero tanta gente aglomerada, sonriendo, cantando, saltando y bailando al son de gran cantidad de instrumentos, cuyas notas musicales brotaban de todos los rincones de Riosucio.

Fue una experiencia única y me llevó a preguntar ¿por qué si en Tuluá hay tanto artista y amante del arte no podemos hacer algo similar?. Confieso que sentí envidia y como no veo ni una mínima señal de al menos sembrar la semilla, prometo que volveré a gozarme el famosísimo Carnaval del Diablo, Patrimonio Oral, Cultural e Inmaterial de la nación.

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