“…la pandilla uribista cuando no insulta, solo dice barbaridades o imbecilidades…”.

Cuando fui juez civil municipal de Riofrío a mediados de los años setenta, tuve la oportunidad de conocer a Leo-nardo Espinosa, a quien Gustavo Álvarez Gardeazábal le dedicó su novela “El último gamonal”, ya que don Leonardo, como era conocido y llamado en Trujillo y municipios vecinos, era el último heredero de esa infame saga de caciques conservadores que impusieron su voluntad en las regiones donde los “pájaros” se hicieron con las tierras, el asentimiento y la obediencia de una población doblegada por el terror y la amenaza.

Algo muy similar a lo que sucede hoy en los territorios copados por bandas de paramilitares y de narcotraficantes que aprovecharon la ausencia del Estado una vez las Farc abandonaron la lucha armada, para que los bandidos de las diferentes facciones actuantes se impusieran a una población civil que tiene que seguir sin chistar las órdenes de sus jefes.

Pues bien, a pesar de su inmenso poder sobre la vida y bienes de sus vecinos, don Leonardo, era un hombre, por lo menos en público, de un lenguaje considerado, casi que lo podríamos llamar caballeroso, muy al contrario del que suele usar el hoy senador Álvaro Uribe Vélez desde que era gobernador de Antioquia, tanto con los que lo rodean, empezando por su familia, como con sus opositores y contradictores a los que califica con epítetos impronunciables, enlodándolos además con las más abyectas injurias y calumnias.

Esta agresividad verbal, copiada y mejorada por los componentes de su secta, busca esconder la poca capacidad argumentativa y cognitiva de la mayoría de los adeptos a la pandilla uribista, que cuando no insultan, solo dicen barbaridades o imbecilidades, como se puede constatar en las conocidas intervenciones de la señora vicepresidenta, de la señora ministra del interior, del señor ministro de defensa, del mismo señor presidente Duque y del muy mentado bachiller Masías.

Como dice la canción, “Ay Paloma, ya no me llores”.

También te puede interesar:   Desde el evangelio
Compartir: