Vivió durante 10 años en condición de calle, tras consumir por más de 20 años coca y bazuco.

estudiaba en Univalle cuando las drogas le pasaron factura. En el parque El Faro, Gustavo Adolfo armó el cambuche en el que durmió durante varios años

“Felicidad plena, mucha, pero mucha felicidad, eso era lo que sentía cuando consumía bazuco, por eso, cada que se me acababa, salía a cuidar motos o vender chicles y con la plata que me daban compraba más y recuperaba mi felicidad”.

Así recuerda GustavoAdolfo Hurtado Escobar esos momentos de euforia, de plenitud, que alcanzaba cuando lograba “darse una pipeadita”, efecto que para su desgracia no era eterno y al pasar, dejaba una sensación de desespero, de tristeza, cuando se veía solo y bajo un techo de plástico, su cambuche, ubicado en el parque de El Faro del municipio de Buga.

Gustavo, hijo de una mujer que fue abandonada por sus padres y criada por Sofía Hurtado, una docente que adoptó igualmente a otras 4 niñas sin hogar, nació sin un padre responsable.

“Mi mamá no pudo con esa carga y me dejó cuando tenía dos añitos con la misma señora que la levantó a ella”, cuenta, a pesar de todo, con una sonrisa grata marcada en su rostro.

Y como no agradecer la labor de esa mujer, que se esmeró en brindarle educación y formación en valores.

“Desde que tuve uso de razón le dije abuela, ella fue muy buena y sufrió las consecuencias de mis actos equivocados”, precisa.

“El primer toque”

Gustavo no tiene claro qué lo llevó a probar la coca, su primer contacto con el mundo de las drogas, pero sí recuerda que apenas tenía 20 años de edad y lo hizo en una salida de amigos. “En ese momento solo pensé vamos a probar, pero jamás imaginé que ese sería el comienzo de un infierno”.

Con gran esfuerzo para recordar hoy, a sus 45 años, esos inicios en las drogas, asegura que ese “primer toque” no le generó mayor sensación.

Gustavo hoy se gana la vida como ayudante de construcción.

“Me sentí normal, por eso cuando me lo volvieron a ofrecer, acepté, poco a poco se hizo construmbre y empecé a hacerlo cada 15 días, luego cada semana, hasta que el consumo se volvió diario”.

Y así, pasaron 10 años, tiempo durante el cual trabajó como taxista, en una estación de servicio y como mensajero de una reconocida firma de la ciudad y como si fuera poco, adelantó nueve semestres de administración de empresas en la Universidad del Valle.

De coca a bazuco

Aunque se alejó mucho de lo enseñado por la “abuela” que la vida le había prestado, este apuesto hombre asegura que nunca las drogas lo volvieron agresivo ni lo llevaron a robar.

“Es más, me gustaba consumir a solas y en las noches, nadie en la Universidad ni en mis sitios de trabajo me vio hacerlo”.

Pero las cosas empeoraron cuando este amante de las matemáticas financieras, cambió la coca por el bazuco.
“Sentía, o al menos eso creía, que la coca no me estaba haciendo efecto y por eso decidí probar otra sustancia y ahí fue donde todo se vino a pique”.

Las consencuencias de diez años de consumo de coca no eran tan evidentes en el aspecto personal de Gustavo, pero cuando se entregó al bazuco, todas las personas que lo rodeaban empezaron a sospechar que algo no andaba bien.

“Mi cara empezó a evidenciar el deterioro, me puse muy delgado y lo más grave, empecé a vender bazuco, por lo que me buscaban hasta en el condominio donde vivía con mi abuela, lo cual alertó a los vecinos que sin dudarlo le contaron.

Ella no tuvo más opción y me sacó de la casa”, recuerda con tristeza inocultable.

El cambuche, su hogar

Desorientado y sin un peso en el bolsillo, pues ya había abandonado sus estudios y el trabajo, salió a buscar un sitio dónde pasar su primera noche en la calle.

“Lo primero que vi que podía servirme fue una caja en un supermercado de Comfandi y me fui a dormir a un parque, pero allí llegó uno de los que me compraba bazuco y me dijo que me fuera para el parque de El Faro.

Efectivamente ese fue el sitio en el que armé mi cambuche, en el que viví varios años, la verdad no recuerdo cuántos”, expresa.

En el día, este hombre que en ese entonces ya superaba los 30 años, se dedicó a vender unos cuantos chicles y cuidar motos en el centro de Buga.

“Lo que recibía era poco, apenas para comprar lo que más necesitaba, mi supuesta felicidad, el bazuco, porque ni hambre me daba, comía cualquier caldo que por ahí me regalaban en los restaurantes”.

Pasaron diez años más, entre la calle, el vicio y los peligros, hasta que llegó quien Gustavo Adolfo considera su ángel guardián.

“Los milagros sí existen”

Una mañana, hace un poco más de dos años, se encontraba en su labor de cuidar motos en cualquier calle, cuando se le acercó una mujer que lo reconoció.

“Apenas me vio se puso a llorar, me preguntó qué me había pasado, se sorprendió por mi aspecto deteriorado. De inmediato me ofreció ayuda y asistir a un congreso de Lazos de Amor Mariano y yo le dije que sí.

Coordinó todo para que me recogieran y cuando salí de allí, después de tres días, me estaba esperando junto a otro buen hombre, y me pidieron que aceptara iniciar un proceso de rehabilitación”, cuenta sonriente.

Gustavo fue enviado a la fundación Seres de Valor de Tuluá, donde confiesa que no fue nada fácil el proceso, es más, después de tres meses de terapia se regresó para Buga y armó un nuevo cambuche, esta vez a un lado del hotel Guadalajara.

“Pero Janeth, su ángel, a la que había conocido en una entidad bancaria cuando era mensajero y, Mauricio, su ángel aliado, volvieron a convercerlo de regresar a Tuluá.

Pasaron siete meses más, en los que abundó la presencia de Dios en su corazón, la ayuda incondicional de personas como Jairo Mejía, el director de la Fundación y su lucha constante por dejar de lado la droga asesina, para iniciar una nueva etapa en su vida.

“Esto es una guerra diaria, para no caer en la tentación de retomar, pero hoy, dos años después de no probar nada de drogas, me siento feliz.

Trabajo como ayudante de construcción, vivo bajo un techo digno, me alimento bien, y tengo una compañera que es mi polo a tierra.

Por eso cuando me preguntan cuál es ahora mi sueño o mi aspiración, siempre contesto: no rendirme. ¿Qué mas puedo pedir?”.

También te puede interesar:   El Parque de la Guadua, 60 años brindando recreación y esparcimiento a los centrovallecaucanos
Compartir: