Durante cuatro décadas, los tulueños tuvieron en el emblemático teatro un sitio donde se pudo ver el cine premiado en los mejores eventos cinematográficos.

Cuando estáN a punto de celebrarse 90 años de su creación y 40 de su desaparición, recordar ahora el viejo Teatro Boyacá de Tuluá puede ser algo trivial para la juventud actual pero no así para quienes hoy pasan de los 50 años, porque definitivamente es un recuerdo imborrable para aquella generación.

Fue allí donde muchos aprendieron a mirar la vida con ojos nuevos gracias al descubrimiento de universos distantes, escenarios inimaginables donde el mundo era cada vez más ancho y permitía salir de los estrechos cercos citadinos para volar hacia lugares que solo a través del celuloide se podían conquistar.
El cine en Tuluá no era nuevo pues ya desde 1927 María Lora había puesto en funcionamiento el Teatro Sarmiento, legado de su esposo fallecido pocos años antes, Jesús Sarmiento Aguilera, pero el nuevo Teatro Boyacá contrastaba con aquel por su arquitectura contemporánea, muy distinta a la francesa del de la calle Sarmiento.

Por ello, cuando el empresario José María Ángel decidió en 1929 comprar el antiguo caserón enseguida de la Alcaldía Municipal y dijo que haría allí un teatro para traer cine alternativo y premiado por los festivales cinematográficos del momento, los intelectuales de la época saltaron de alegría.
El inmueble lo adquirió a Gonzalo Lozano Lozano, el mismo que había pasado muy fugazmente por la gobernación del Valle en 1927, y que estaba urgido por vender la propiedad ante algunas dificultades físicas que padecía.

Elegante construcción

De acuerdo con el historiador Ómar Franco Duque en su libro Tuluá educación cultura y arte, Ángel había llegado años antes a Tuluá, proveniente de Manizales, como simple dentista, el odontólogo empírico de la época, y sentó raíces en la Villa de Céspedes seguro de lo que significaba la ciudad para hacer capital.
Con una mirada mucho más profunda en materia de cine, poco antes de culminar la década del 20, Ángel inició la construcción del teatro con una amplia sala surcada a derecha e izquierda por dos escaleras que daban al palco, mientras que a la luneta se ingresaba por una puerta apersia-nada.
Diseñado arquitectó-nicamente solo para la proyección cinematográfica, el teatro se construyó sin proscenio y rápidamente se convirtió en el sitio preferido por los tu-lueños ávidos de un cine más elaborado y con mar-quilla de premios internacionales.

Lo mejor del cine

Así, muy pronto los filmes de Luis Buñuel, Orson Welles, Alfred Hitchcock, Stanley Kubric, Francis Ford Coppola, Akira Kurosawa, Ingmar Bergman, Martin Scorsese y Federico Fellini empezaron a desfilar por la sala del Teatro Boyacá que empezaba ya a marcar la diferencia elitista de los amantes del cine.
Películas inolvidables como La ventana indiscreta, Los diez mandamientos, Un tranvía llamado deseo, Senderos de gloria, El puente sobre el río Kwai, Los doce del patíbulo, Los siete samuráis o Cantando bajo la lluvia que recreaban acción, amor y pasión pasaron por el inmenso telón del Boyacá.

Pero este romance de los tulueños con el buen cine terminó abruptamente una noche, hacia mediados de 1979, cuando un incendio voraz, cuyo origen nunca fue plenamente aclarado, acabó con la sala elegante y sobria del Teatro Boyacá y con él se fueron aquellos momentos inolvidables como los cines populares del domingo donde los novios se dieron el primer beso o, al contrario, algún idilio en ciernes nunca se pudo concretar porque el permiso paterno nunca fue concedido. Momentos tulueños que nunca volverán.

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