“…puede ser una gran oportunidad para sentarse nuevamente a negociar un proceso de paz…”.

El dolor y desgarramiento del alma de una madre de familia frente al féretro de su hijo, víctima de la violencia fratricida que azota el país, que mira perpleja la frustración de sus sueños íntimos, solo conocidos en el diálogo permanente del calor de su hogar, es conocer lo más profundo de quien se dedicó a tejer saberes con esperanza de ver algún día un árbol frondoso de felicidad.

Esas lágrimas que salen del corazón, riegan los surcos de familias enteras a lo largo y ancho del territorio nacional que ya no reverdece con esperanza sino que es rojo como un río que atraviesa lúgubre y lastimero pidiendo justicia.

Y esta semana ha sido así, cuando delincuentes sin piedad, han puesto un carro bomba en las instalaciones de la Escuela de Policía General Santander en donde se preparan los jóvenes que aspiran con valentía a defender la Patria en sus más altos valores y principios que han regido la nacionalidad desde el comienzo de los tiempos pasados y la consecuencia fatal de acabar con la vida de un tajo, como una especie de repentina avalancha que arrasa la vida en plena efervescencia. Y esta herida mortal no tiene en la venganza su respuesta, sino en algo que conmueve a todos los corazones y hemos corroborado en la familia tulueña, cuando en medio de la tumultuosa tormenta de voces y gritos de indignación, el padre de una de las víctimas, ofrece perdón y olvido a los victimarios, conociendo en su profundidad dolorosa del espíritu, que no hay otra salida, para dar por terminada una etapa negra de desolación y muerte que ha dejado la violencia.

Causa dolor, indignación y horror, las muertes de los jóvenes de la escuela de Policía y la justicia debe aplicarse con todo el rigor de la ley a los responsables de tan exsecrable crimen, lo que no puede tampoco conducir a que de nuevo los enfrentamientos cobren más víctimas que ensombrecen el panorama nacional y colman de temor y desesperanza a la mayoría del pueblo colombiano, sino que puede ser una gran oportunidad para sentarse nuevamente a negociar un proceso de paz que consolide de una vez por todas la iniciada con el anterior grupo armado y poder así afirmar con algunos pensadores que esa sangre derramada de los inocentes, sirva para regar la semilla de un nuevo amanecer para todos, en donde se crezca en armonía y con ojos de alegría en la tierra que los vio nacer y evite no solo el dolor de la súbita partida, sino también de volar lejos del país que lo arrulló en la cuna y continúen una dura batalla en el extranjero en donde siempre, de alguna manera, serán tratados como forasteros, añorando un regreso a su Patria, que tal vez nunca llegará, si no se obtiene el perdón y olvido.

Tal vez, estamos pidiendo, algo muy difícil, pero si le hemos observado en una sola persona, es posible que se contagie al resto de las víctimas, porque de esta posición noble, leal y valiente, depende el futuro de la paz verdadera sin reversa y por fin todos de la mano, podamos abrazarnos unos a otros como colombianos sin distinción de clase, raza, sexo o condición social, tal como reza nuestra Constitución.

También te puede interesar:   Propuesta polémica
Compartir: