“…La cinta del director Edouard Deluc constituye un relato salvaje, pero a la vez, íntimo y mágico…”.

El título que de esta columna corresponde a un libro de Mario Vargas Llosa, que incluye una doble biografía novelada: la de la célebre pensadora, escritora y feminista de ascendencia peruana, Flora Tris-tán y aquella de su más célebre nieto, el pintor francés Paul Gauguin. La obra narra los conflictos, las luchas personales de Gauguin, un artista que vivió sus últimos días en la polinesia francesa.

Es precisamente sobre este periodo de la vida del mencionado artista, que la película “Gauguin viaje a Tahiti”, muestra sus días en su nuevo hogar, lugar al que después de ser un exitoso corredor de bolsa en Paris, decidió trasladarse en procura de nuevas alternativas, que le permitieran potenciar su obra, en una constante búsqueda de pure-za del arte ¿o de la vida?, lejos de la prisión de las convenciones sociales. La película recrea los infortunios y aciertos de uno de los pintores franceses posimpresionistas, cuya obra –después de su muerte- ha sido decisiva en la historia del arte.

El film es una atractiva narrativa en imágenes sobre la condición humana, que reivindica la frase de Julio Cortázar: que el individuo se salve, sino la vida no tiene sentido. Libre, salvaje, pionero y revolucionario, Gauguin se exilió fuera de la tradición europea. La película presenta un relato honrado de un pintor que emigró a Tahití, una isla exótica y mágica, como Tehura su mujer, a quien conoció, hizo su esposa e inmortalizó en sus más célebres pinturas. En su nueva morada enfrentó la enfermedad, la pobreza y la muerte.

La cinta del director Edouard Deluc, protagonizada por Vincent Cassel, constituye un relato salvaje, pero a la vez, íntimo y mágico, como una chispa en la oscuridad que desde la Polinesia francesa conmocionó al mundo e inmortalizó la obra de Gauguin en el ámbito artístico occidental.

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