“…la verdadera conciencia social es la responsabilidad que tenemos todos de hacer una mejor sociedad…”.

En la multiplicidad de escenarios actuales, la mayoría de las entidades públicas, educativas, y de la sociedad en general, convocan a la conciencia como parte de una cruzada que busca disminuir temas tan sensibles como la violencia, la corrupción y los entornos poco seguros que hoy afectan a los miembros de las comunidades.

Otros evocan la conciencia social como el entendido de la solidaridad, esa que a través de la entrega de ayudas de carácter humanitario buscan mitigar el sufrimiento de los menos favorecidos.

Sin embargo estamos llamados a aclarar, que es realmente la conciencia social, no desde las definiciones de sociólogos y activistas, sino desde la óptica del sentido común, en un esfuerzo por hacer una enunciación diferente que realmente nos oriente en la interpretación de tan usado término.

La conciencia es el uso racional del conocimiento del ser humano y de sus acciones en rededor de él y de los suyos, así pues, la conciencia social es el entendimiento de cómo están los congéneres en la sociedad en la que se vive, frente a esto, es importante construir una definición más cercana al uso cotidiano y de mejor aplicación a nuestro entorno.

Creo que la conciencia social va mas allá de la solidaridad y de las muestras de afecto a los más débiles, la verdadera conciencia social es la responsabilidad que tenemos todos de hacer una mejor sociedad, de enseñar con la verdad, de aplicar la justicia, de no aceptar comportamientos proclives a la corrupción, a la violencia y de recomponer el camino trasformando las formas, las cuales en la actualidad cada vez se alejan más de un pensamiento colectivo y privilegian de manera intensa la individualidad y la envidia.

Frente a lo anterior es necesario hacer una crítica constructiva ya que muchos de los miembros de la comunidad creen que con hacer obras de caridad, ya tienen una enorme conciencia social, pero al momento de realmente respetar a sus similares, de cumplir la ley, y de hacer más amigable la sociedad con el buen comportamiento, dan un paso al costado, con altas dosis de indiferencia y más aún con la determinación de no hacer nada por cambiar esas nefastas realidades.

No es dando dádivas y entregando caridad que se modifica la realidad de un conglomerado social, es trabajando en principios, valores, en educación de calidad, y sobre todo en amor entre la familia, como se logra, así como lo hizo Corea, Finlandia, Noruega y otros países inviables hace 50 años, llegar a ser un país no solo viable, sino feliz.

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