A sus ya casi 84 años Luis Alberto Girón sigue tomándole medidas a sus paisanos que gustan de las prendas confeccionadas en su modesto taller de costura.

En octubre de este año cumplirá 84 años de edad y su capacidad de trabajo se mantiene intacta

Sentado frente a su vieja pero aún funcional máquina de coser PFAFF y en medio de cortes, retazos y cuadros cargados de recuerdos, encontró EL TABLOIDE a Luis Alberto Girón, el último de los sastres que quedan en esta población del centro del Valle.

Hoy tiene ya casi 84 años de edad, contextura delgada, ojos claros de mirar fijo y una voz suave y pausada que parece ajustada a su personalidad.

Es de pocas palabras, pero en cada frase responde a los interrogantes que se le plantean y recuerda por ejemplo que tenía escasos 17 años cuando llegó al taller de don Manuel de Jesús Vélez, propietario de La Confianza, toda una institución en el arte de la costura y quien con suma generosidad le permitió descubrir los secretos de una actividad que sigue ejerciendo con orgullo y dedicación.

Por esas calendas, Bugalagrande era todavía un pueblo en formación y sus habitantes personas muy tradicionales que veían en el cura, el policía, el médico y el sastre a personas especiales, pues cada una de ellas cumplía una tarea única.

En el taller de los Vélez, Luis Alberto aprendió rápidamente y eso hizo que se sumara a la fuerza laboral del taller donde se elaboraban todo tipo de prendas siendo las camisas, pantalones y sacos su área más fuerte.

“En esas épocas me faltaban manos y no miento si le digo que trabajaba de día y de noche para poder cumplir con la demanda de la clientela que era mucha”.

El rey de los slack

Cuando ya tenía algo de experiencia, Girón descubrió una habilidad especial para coser los slack o pantalones a la medida, que eran la sensación de las mujeres de la época y Bugalagrande no fue ajena a esa moda.

“Recuerdo que me llegaban al taller de don Manuel cantidad de mujeres para que les cosiera pero yo no aceptaba pues el negocio no era mío, pero fue él quien me dijo: Yo a usted le debo mucho y no tengo como pagarle, hágale los slack a las señoras y gánese esa plata” recuerda este hombre que parece revestido con la paciencia del Santo Job y quien medita cada palabra que dice.

Su fama por la precisión de las medidas y la calidad de sus costuras trascendió las fronteras y le llegaban clientes de varias localidades como Andalucía, Tuluá y hasta de Santiago de Cali.

“No me alcanzaba el tiempo para cumplirle a las clientes que llegaban con dos, tres y hasta cuatro cortes para llevarse a la casa sus pantalones” precisa Girón.

Trabajo sin pausa

Para este hombre, padre de tres hijas hoy profesionales, la sastrería lo es todo. Es lo que ha hecho durante más de 60 años de manera continua y por eso recuerda que fue su trabajo lo que le permitió hacerse a la casa propia no sin antes reconocer que fue su esposa, Blanca Libia, una pieza vital para que sus hijas María Claudia (bacterióloga), Xi-mena (fisiotera-peuta) y Libia Patricia (odontóloga) se formaran en una profesión distinta a la suya.

“Para mí no habían fiestas y un 24 o 31 de diciemnbre trabajaba hasta altas horas de la noche para cumplirle a quienes esperaban sus trajes para estrenar en la Navidad o el año nuevo” comenta este bu-galagrandeño que vive feliz al lado de su amiga la máquina de coser.

Hablando de ese elemento de trabajo, “Luisito”, como también lo conocen, dice que su primera máquina fue una de pedal marca Sin-ger con la que laboró por espacio de varios años y la que se movía mecánicamente.

Años después un amigo le dijo que había visto una má-quina abandonada en Cali y tras preguntarle la referencia la compró por valor de 1500 pesos y orgullosa-mente asegura que no se le ha desajustado ni un tornillo y la mantiene con todo original.

Los tiempos cambian

Aunque sigue al pie de su amiga inseparable la máquina y le continúan llegando clientes para que les confeccione los pantalones y otras prendas, Luis Alberto reconoce que todo ha cambiado, pues la gente de hoy solo compra la ropa de fábrica.

De su memoria, la que conserva intacta pues es ajeno al licor y al cigarrillo, logra extraer nombres de algunos de sus clientes tales como Enrique “Kike” Berón, Heriberto Vélez, Rafael Domínguez, Eleazar de la Cruz y León Pablo Wa-llens, este último historiador quien aún asiste al taller para que girón le haga sus pantalones.

“Hoy hay menos trabajo pero aún seguimos al pie del cañón, pues es lo que hago, es lo que amo y lo que me dio esta casa en la que vivo y me permitió consolidar la familia” puntualizó.

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