Aunque no tuvo estudios superiores, muy pocos hoy, con toda la academia a cuestas, pueden seguirle los pasos literarios y periodísticos a este tulueño emblema de la ciudad.

Que Tuluá es tierra de intelectuales, casi todos ellos fuertemente afincados en el periodismo, es una verdad que queda evidenciada en la gran cantidad de comunicadores que cada día salen a las calles para conseguir las noticias que luego les transmiten a los tulueños desde los distintos medios existentes en la ciudad.
Uno de esos paradigmas del periodismo tulueño es indudablemente Fernán Muñoz Jiménez, un nombre que para las nuevas generaciones del periodismo quizás no diga nada, pero sí para quienes pergeñaron las primeras letras a mediados del siglo pasado, como ejemplos vivos de lo que fueron en el pasado más lejano Pedro Alvarado, Daniel Potes Lozano o Guillermo E. Martínez.

Tan tulueño como el cerro de El Picacho, Muñoz Jiménez nació el 25 de febrero de 1932, en el hogar conformado por Isabel Jiménez y Rafael Muñoz, un tipógrafo que muchos conocieron en la ciudad como Ramuñoz. Con ellos creció en el centro de la ciudad junto a su hermana menor, Carmenza.
Fue cuando terminaba sus estudios secundarios en el Gimnasio del Pacífico, cuando este quedaba donde hoy se encuentra el Palacio de Justicia, que le picó el bicho de las letras y empezó a escribir sus primeros poemas.

Un tulueño integral

Quien más vivos tiene los recuerdos de Fernán Muñoz Jiménez es su hija mayor, María Isabel Muñoz, quien, a pesar de que lo perdió cuando ella era apenas una adolescente, lo mantiene vigente en su memoria no solo como padre y amigo sino como escritor y periodista.

«Me hace mucha falta, no puedo olvidar su sonrisa, su humor negro y ante todo su calidad humana, la que nos legó a mí y mis tres hermanos, Mónica, que ya falleció, Rafael y Genaro» señala la abogada. Todos fueron producto de su unión con Zoila Rosa Mantilla.
De acuerdo con Ómar Franco Duque, uno de sus amigos más entrañables, fue un tulueño integral que, sin haber realizado estudios superiores, estaba capacitado como pocos en el Valle para escribir crónicas, artículos, ensayos, versos y novelas, además de hacer ostentación de un ingenioso humor.

«Por su versatilidad cultivó todos los géneros literarios, excepción hecha del teatro. Sus artículos sobre economía, política, literatura, crítica y demás, daría varios tomos de indudable valor histórico y literario» escribió Franco Duque en su más reciente libro Tuluá: educación, cultura y arte.

Apasionado lector

Sus primeros escritos periodísticos vieron la luz pública en el semanario La Bomba Atómica, del que era director, donde hizo una serie con semblanzas de conocidos personajes de la ciudad en los años 60.
Luego, sin salir de la ciudad, empezó a escribir para los principales periódicos del país y la región, entre los que se cuentan El Tiempo, El Espectador, El País, El Gato, El Pueblo y El Crisol, así como La Esfera en Tuluá, estos últimos ya desaparecidos.

Gran parte de sus crónicas, artículos y ensayos periodísticos están compilados en el libro Crónicas tulueñas que salió a la luz pública en 1994, en el marco de un convenio intercultural entre las alcaldías de Tuluá y Ambato, Ecuador.
«Siempre recordaré a mi papá como un lector impenitente, era capaz de leerse hasta cuatro libros en un día con su noche pero se levantaba temprano para escribir siempre en una máquina de escribir Remington en una sábanas largas de papel periódico» sigue recordando María Isabel, cuyos rasgos físicos recuerdan permanentemente al intelectual tulueño.

Franco Duque, por su parte, señala que fue Fernán Muñoz Jiménez quien inició un ciclo narrativo sobre la violencia en Tuluá, obra que quedó plasmada en el libro Horizontes cerrados, una novela corta que tuvo la fortuna de ser prolongada por el escritor español Camilo José Cela, mucho después premiado con el Nobel de la literatura.

Su paso por EL TABLOIDE

Uno de sus grandes y mejores amigos, compañero permanente de largas noches de bohemia, Jairo Humberto Méndez Soto, hizo un ensayo sobre su obra poética con algunos de sus mejores poemas, la que publicó en 1990 bajo el título de Pradera de la voz.

Luego de su trasegar periodístico, con un corto paso por Bogotá, volvió a su ciudad nativa y, cuando José W. Espejo fundó el semanario EL TABLOIDE, el 19 de julio de 1975, Fernán Muñoz Jiménez fue uno de los primeros llamados para hacer parte de la planta de redacción como columnista y editorialista.
Su pasó por este medio sin embargo duró poco, pues la muerte lo sorprendió el 6 de febrero de 1978, cuando transitaba por la calle 26, en el andén donde ahora se encuentra la Cámara de Comercio, víctima de un paro cardiaco fulminante.

De él, ante su tumba, dijo su compadre Óscar Londoño Pineda «siempre tenía un poema en los labios que quería poner a circular en las páginas donde pudieren ser leídos y disfrutados por sus gentes. Amaba el ruido de la máquina de escribir, el rumor de los linotipos, la velocidad de las palabras. Este hombre sabía del valor constructivo de las palabras, de la capacidad para tomarle el pulso a las ideas».
“Justamente Londoño Pineda y Franco Duque trabajan actualmente en la recopilación de gran parte de la obra literaria y periodística de Fernán Muñoz Jiménez, que se espera sea publicada el próximo año”, puntualiza su hija María Isabel.

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