“…La verdad debemos de buscarla en las historias de vida de quienes han sufrido la violencia o la sufren…”.

Sería un error oponerse al objetivo de la reconciliación nacional. Antes bien, el objeto fundamental de toda política dirigida a reivindicar la verdad y la justicia debe ser la reconciliación.

Hoy recordamos el Seminario Internacional Impunidad y sus Efectos en los Procesos Democráticos, realizado en Santiago de Chile, el 14 de diciembre de 1996. En ese evento el sacerdote Luis Pérez Aguirre, presentó la ponencia “La impunidad impide la reconciliación nacional”. En ella, dice el citado religioso: “Muy a menudo se argumenta que hurgar en acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas. Nosotros nos preguntamos por quién y cuándo se cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación nacional que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido. Pero la reconciliación tiene algunas condiciones básicas para ser auténticas.”

Cada pueblo tiene derecho inalienable a conocer la verdad acerca de los acontecimientos sucedidos y las circunstancias y los motivos que llevaron, mediante la violación masiva y sistemática de los derechos humanos, a la perpetración de crímenes aberrantes. El ejercicio pleno y efectivo del derecho a la verdad es esencial para evitar que en el futuro se repitan tales actos.
La verdad la requerimos, no solo, la del momento con las FARC, la exigimos, de entre tantos hechos, como la retoma del Palacio de Justicia, con los actos aberrantes y despiadados de los Paramilitares, de los Falsos Positivos, y el reciente, con los siete muertos de la Comisión Intereclesial de justicia y paz, en la vereda El Tandil, en Tumaco.

En el caso de la realidad colombiana, la sistemática violación de los derechos humanos ha sido un tema vedado en la sociedad, en el Estado y aun en algunos medios de comunicación. Esa falta de verdad se institucionaliza, en parte, en el aparato judicial, sin escaparse las altas Cortes. No desconocemos, que hay personas probas, honestas, en el engranaje judicial.

La verdad debemos de buscarla en las historias de vida de quienes han sufrido la violencia o la sufren. Esa verdad está en la memoria de las víctimas, de sus familiares y sus testigos, obligados a sobrevivir en el silencio, está en las fosas comunes y en las tumbas anónimas, está en los cuadernos de notas que han escondido, está en las lágrimas derramadas detrás de las puertas y en los músculos tensionados de las gargantas que quisieran gritar pero no pueden; está es los rescoldos tuguriales, donde moran los desplazados, como un fuego semidormido que pudiera despertar con un fuerte viento; está en los sueños de un mañana construido a la medida de los ideales que fueron aplastados por el terror. Pero acercarse a esos recintos prohibidos y sagrados implica revestirse de antemano de una fina compasión y de una insobornable solidaridad.

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