“…el referido acontecimiento constituyó un escenario para expresar perdón, olvido, felicidad, amor…”.

El programa Valientes, promovido por el canal de televisión -RCN-, es un evento dedicado a destacar historias de ejemplos de vida. En la reciente edición, Francisco Sanclemente, deportista paralímpico y conferencista, ocupó el primer puesto, los hinchas del Millonarios y del Santa Fe, José Richard Gallego y César Daza ocuparon el segundo lugar, mientras que el uruguayo Alexis “El Pulpo” Viera, ex arquero de varios equipos profesionales de fútbol, entre ellos, el América de Cali, se ubicó en el tercer lugar. Sin duda, las distinciones conferidas a los participantes en el programa en mención, constituyeron motivo de especial satisfacción para los homenajeados y para el país en general, que por medio del prenombrado medio televisivo siguió con atención el desarrollo de tan magno acto.

El acontecimiento referido sirvió para resaltar el esfuerzo, la entereza y el sacrificio de algunas personas con limitaciones físicas, con problemas serios que han marcado una huella profunda en sus vidas o que han dado un ejemplo de vida a imitar. En tal virtud, el referido acontecimiento constituyó un escenario para expresar perdón, olvido, felicidad, amor, entre otros, sentimientos garantes del logro de las premiaciones anotadas.

Sin desconocer la trascendencia e implicaciones sociales y culturales del acto en cuestión, sería más alentador que los galardones se otorgaran a aquellos personajes que por cuestiones insalvables de la vida, hayan inscrito sus nombres en alguna de las categorías indicadas. Es decir, sería muy esperanzador para el país, que disminuyeran las distinciones otorgadas a personas que hayan sido víctimas de la violencia como consecuencia de la disminución de la violencia. En efecto, vivimos en un mundo que nos pertenece, es decir, somos simples itinerantes del mismo, hecho validado por la brevedad de la vida. Por ello, conviene pensar en profundidad en el sentido de la existencia con el fin de habilitar espacios propicios para la germinación de la amistad, de la comprensión, de la empatía, del respeto; en fin, de todos los atributos posibles que sirvan para habilitar entornos tendientes a potenciar la sana convivencia. Preparar estos espacios es un deber ineludible e inaplazable, que compete a la familia, a la sociedad y al Estado. No hacer esta tarea ahora, sería un error grave que nos atribuirían con dureza las generaciones por venir.

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