“…el voto en blanco no tiene ningún efecto jurídico vinculante, de pronto simbólico, pero poderoso…”.

Con la segunda vuelta definitiva encima, y sin que la Misión de Observación Electoral haya ratificado lo que se anda diciendo en redes acerca del monumental fraude electoral a favor de Duque en la primera, al país le quedan dos opciones claras, la derecha de Uribe o la izquierda moderada y liberal de Petro. Más aún si sabemos que el voto en blanco no tiene ningún efecto jurídico vinculante, de pronto simbólico, pero fácticamente poderoso para beneficiar al que en cifras va adelante que es el candidato de Uribe y de toda la maquinaria corrupta de este país, así lo vistan de seda.

Votar en blanco es hacerlo por Uribe, y si los votos de Fajardo fueron para preservar la paz y atacar la corrupción se esperaría que estos fueran con Petro a pesar de que no les guste su personalidad o se sientan repelidos por algunos petristas que no han sabido persuadirlos. Quizás la mejor forma de persuadir sea ilustrando lo que le depararía a la institucio-nalidad, para no caer en los ataques a la persona, si Uribe y su sequito vuelve al poder: de las tres ramas del poder público la legislativa (la mayoría del Congreso) y la ejecutiva (la presidencia y el gobierno) estaría en manos del uribismo, escenario propicio para hacer las reformas que les vengan en gana como la prometida varias veces por su candidato de unificar las altas cortes lo que implica una super corte con muchos menos magistrados y de bolsillo, y por tanto la toma definitiva del Estado, al mejor estilo del castrochavismo que le endilgan injustificadamente a Petro. La otra reforma sería nuevamente el “articulito” de la reelección por lo que los verdes y la Coalición Colombia en general se pueden ir bajando de la nube de pelear la presidencia en 4 años. Lo demás será la consolidación del neoliberalismo y el autoritarismo.

Si Petro gana, en cambio, tendrá contrapesos fuertes en el Congreso porque no tiene las mayorías y se le podrán frenar las reformas que la oposición considere “radicales”. Esto no es demagogia ni mucho menos populismo, es la concepción teórica de los pesos y contrapesos entre las ramas del poder público que se consolidó en las democracias occidentales a partir de las consideraciones liberales de teóricos como Montesquieu en las revoluciones burguesas del siglo XVIII en Estados Unidos y Francia, y que hoy defiende el candidato de la Colombia Humana.

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