Traídos desde distintos rincones del mundo y elaborados en toda clase de materiales, sus pesebres ya son legendarios en Tuluá.

La tradición enseñada por su madre de hacer el pesebre navideño en casa, le quedó a Doris Aponte y su hermana para el resto de sus vidas. Hoy ya completan más de mil pesebres que cada vez copan más espacio en su vivienda.

Definitivamente diciembre es el mes más hermoso y alegre para Doris Aponte pero paradójicamente en su casa el ambiente navideño se empieza a vivir desde octubre cuando los 1030 pesebres que posee empiezan a ser regados por todos los rincones de su vivienda.

Difícilmente se puede conseguir otro sitio en Colombia donde haya tantos pesebres juntos y además distribuidos en tan poco espacio como en la casa del barrio San Vicente donde Doris, pensionada del hospital departamental Tomás Uribe Uribe, vive junto a su hermana.
Sus pesebres ya son legendarios en la ciudad y cada vez crecen más gracias a la generosidad de sus muchos amigos que no dejan pasar oportunidad de regalarle uno.
“Aquí tengo pesebres de Venezuela, México, Perú, Ecuador, Bolivia, Puerto Rico, El Salvador, España, Italia, Grecia y hasta de la India y El Vaticano me han traído” señala con orgullo Doris.

Otra característica de sus pesebres es que están elaborados en todo tipo de materiales; se encuentran en madera, piedra, carbón, vidrio, parafina y hasta en cáscaras de huevo de gallina, de codorniz y avestruz.
También los hay en galleta, otro en capacho, otro en totumo, uno más en una cáscara de maracuyá, carbón mineral y hasta en alquitrán, todos construidos con mucha imaginación.
“Mi preferido es uno muy pequeño donde la virgen María, San José y el Niño Jesús son negritos, tienen un encanto especial” agrega la tulueña que ya lleva 30 años cubriendo su casa de pesebres.

Extrañamente para Doris Aponte y su hermana la Navidad tampoco termina en diciembre como para el resto del mundo; ellas extienden esta época hasta casi finales de enero por petición de sus amigos que quieren ir a visitar sus pesebres.
Luego empieza el dispendioso empacado en cajas y guacales en donde permanecen hasta el siguiente octubre cuando la historia vuelve a repetirse pero con el agravante de que habrá que abrir nuevos espacios para los pesebres llegados ese año.

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