Extrañamente este sector del oriente tulueño fue el más poblado por estos negocios que desaparecieron hacia los años 80. Eran los sitios en donde los padres llevaban a sus hijos adolescentes para que aprendieran a ser hombres.

Ya ninguna de las casas de citas del popular barrio tulueño existen pero en la memoria de sus habitantes de antaño seguirán viviendo por siempre. Allí se perdieron muchas inocencias juveniles y se ganaron las prime-ras experiencias en el arte del Kamasutra. Aquí su ubicación vista de norte a sur: 1 – Aleyda. 2 – Blanca. 3 – Nubia. 4 – Leticia. 5 – Esperanza. 6 – La Palestina.

Sostienen los jóvenes de ayer que uno de los mayores placeres de esa juventud era justamente aquella primera experiencia que, a juicio de los padres, los hacía hombres, por lo que se requería de los lugares apropiados, una compañía confiable y la más absoluta discreción.

Quizás esa era la función de las antiguas casas de citas, hoy llamados bares o simplemente pubs, donde se le daba rienda suelta al placer físico en un ambiente sano, casi familiar y muy discreto. En ello, el barrio Victoria, el más antiguo y por muchos años el más grande de Tuluá, tuvo su apogeo y en especial la zona comprendida entre las calles 31 a la 33, entre carreras 32 y 33, un pequeño contorno en donde de manera extraña llegaron a confluir por lo menos ocho casas de citas, cuyas propietarias eran altamente apreciadas por las personalidades tulueñas de los años 70.

Jorge Armando Russi Rojas, en su libro La 33 y otros relatos del barrio Victoria, trae a la memoria algunos de estos sitios y otros que si bien no fueron propiamente casas de citas, con el tiempo se volvieron lugares comunes para quienes llegaban para tomarse unos tragos y pasar el guayabo de algún amor ido o simplemente escuchar la música del momento.

Leticia, Flor y Nubia

Desde el antejardín de la casa de Leticia, situada diagonal a Puente Negro, ya se sabía cómo estaba el ambiente en su gran salón al que se accedía luego de atravesar una gruesa cortina. Uno de sus atractivos eran siempre las mujeres que atendían los requerimientos de los clientes, algunas ya maduras pero elegantes, frescas y bonitas.

Su música era variada pero predominaban los tangos, valses, una que otra salsa vieja y la música tropical de Pastor López con la cuale se podía tocar el cuerpo femenino con el que se pensaba pasar las siguientes horas.
A no más de 50 metros, girando por la calle 34, frente de la casa de Julio Lobo y Batata, se podía encontrar la casa de doña Flor, «que adquirió mucha fama por la belleza y juventud de las damas de compañía» según el libro de Russi Rojas.

Bajando por la carrera 32 A hasta la calle 33, a media cuadra de la carrera 33, estaba la casa de Nubia, quien había llegado del barrio La Quinta y se aposentó con sus hijos en una casa donde antes había funcionado una escuela de primaria.
Un pequeño corredor y solo tres cuartos eran suficientes para que los escasos pero muy seleccionados clientes de las trabajadoras de Nubia los atendieran con lujo de detalles. No fueron pocos los jóvenes de la cuadra que allí perdieron su inocencia juvenil.

Blanca y Aleyda

Bajando por la misma carrera 32 A, antes de llegar a la calle 32, estaba el más sofisticado de todos los burdeles del Victoria: la casa de Blanca Vargas, un inmueble al que solo podían ingresar clientes seleccionados.

Al lugar se llegaba en carro particular, las jóvenes eran escogidas previamente y arribaban subrepticiamente y así mismo salían. El aspecto de la casa era común y corriente y muy pocos en el resto del barrio sabían lo que se hacía de puertas hacia adentro.
Veinte metros más abajo, ya casi llegando a la carrera 33, los visitantes de estos lugares se encontraban con la parte trasera de la casa de Aleyda, la que tenía esa característica: se entraba por la carrera 33 y se salía por la calle 32A.

Allí el fuerte eran las baladas de la época que, al apagarse las luces del gran salón, permitían un primer contacto con la piel femenina en un baile sensual con una de sus bellas jóvenes.
Regresando por la calle 32 hasta la carrera 32, en la esquina suroccidental estaba La Palestina, la única casa de citas que no llevaba el nombre de su propietaria, Ignacia de Rivera o Nacha como la conocían todos en el sector.

Se trataba de una tienda común a la que el cliente ingresaba y pedía algo de tomar mientras que la mujer, previamente citada por él, ingresaba por una puerta lateral situada sobre la calle 32. Una vez acomodada en el cuarto, Pedro, el administrador de la tienda, le daba el aviso al cliente y se consumaba el objeto de la cita bajo una absoluta discreción pues cada uno salía por donde había entrado.

Esperanza y Limbania

Algo similar sucedía con la casa de citas de Esperanza, ubicada 20 metros más arriba, por la misma carrera 32, en donde se entraba por esta y se salía por la carrera 32 A. Parecía ser esta una característica de estos lugares hoy ya desaparecidos.

El último escalón del recorrido había que hacerlo sin duda a la casa de citas de Limbania, la más popular de todas y cuyos clientes si bien no eran muy sofisticados, hacían parte de la vida pública de la ciudad.
Ubicada en la calle 30, casi a mitad de cuadra entre las carrera 32 y 33, sus mujeres eran de las más apetecidas por su belleza y juventud, por lo que muchos personajes de la esfera política la tenían como su sitio de relax sexual.

Russi Rojas cita como anécdota el caso de un personaje que, siendo concejal de la ciudad, en más de una ocasión, requiriéndose su presencia en el recinto para aprobar algún proyecto, era recogido por un carro oficial, lo llevaban, cumplía con su deber como cabildante y lo regresaban al sitio donde podía permanecer hasta dos y tres días.

Con tanta casas de citas en ese pequeño contorno, no era vano el comentario que hacía uno de los residentes en una de esas cuadras cuando alguien llegó hasta su casa para preguntarle dónde había por allí uno de estos lugares: «Vea vecino, mire para arriba, mire para abajo, todas, menos esta que es la mía, son casas de citas» le respondió y se entró cerrándole la puerta en la cara. Era en broma por supuesto.

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