“…Estamos viendo un Estado que no vigila con el tiempo necesario las obras, en el que la ética política llegó a su fin…”.

En ciertos momentos estamos tentados a creer en las afirmaciones de un ex catedrático de la Universidad de Medellín que por estos días de campaña electoral ha sostenido que el Estado colombiano se ha diseñado para robarlo y en consecuencia se le miente al país desde los cuatro puntos cardinales y por tanto revientan una y otra vez los escándalos sobre la malversación de los recursos públicos y por muchos esfuerzos que haga el actual gobierno desde la secretaría de transparencia, no se vislumbra una luz en el camino para derrotar la corrupción.

Es así como estallan escándalos como el de Odebrecht, Reficar, Saludcoop, Interbolsa y se descubren las mafias de la toga, la de los pañales, el paramilitarismo infiltrado en la clase política, entre otros males que carcomen el sistema mismo de la democracia y sin embargo son mínimos los recursos que son recuperados, mínimas las condenas para los delincuentes de cuello blanco y mínimos los resultados finales de las investigaciones.

Ahora último se ha caído un puente en Villavicencio y lo que hoy tiene en ascuas al país entero es el caso de la represa de Hidroituango en donde aún no cesa la amenaza de prolongar la tragedia cuando ya hay cerca de 2.500 damnificados de Puerto Valdivia y puede extenderse a otras poblaciones vecinas en riesgo inminente.

Y lo que nos indigna y asombra es que todo parece ocurrir en la sombra, a oscuras y en secreto de las autoridades competentes, puesto que los males salen a la luz pública, cuando ya no hay marcha atrás ocasionando pérdidas enormes al erario y finalmente a la sociedad en general. Vimos, por ejemplo, al presidente de la república, anunciar los beneficios del puente de Villavicencio a pocos días de terminar la obra, pero se cayó y hace pocas semanas igualmente anunciaba sobre los grandes méritos que tendría la represa de Hidroituango, pero se reventó.

Entonces le mienten al propio mandatario y no pasa nada. Y peor aún, a la hora de buscar los responsables el problema se convierte en un berenjenal de acusaciones mutuas en donde al final, nadie pareciera responder. Estamos viendo un Estado que no vigila con el tiempo necesario las obras, estamos viendo que la ética política llegó a su fin, estamos ante una ausencia de estadistas de verdad y la consecuencia es un Estado fallido, incapaz de dar respuestas serias, concretas y eficaces, ante tan abrumadora escalada de corrupción nacional.

También te puede interesar:   La pulga en la oreja
Compartir: