Esta urbanización está ubicada al occidente de Tuluá, un total de 544 familias que no tenían casa, lograron obtenerla hace 33 años.

Lo que en los años 70 y 80 eran cultivos, hoy se erige como una urbanización progresista en la que habitan muchas familias tulueñas de clase media, generalmente empleados y servidores públicos. Sus 544 viviendas fueron las primeras casas que se entregaron en la ciudad sin cuota inicial.

Cuando en 1984 en Tuluá se empezó a mencionar con insistencia que se entregarían casas sin cuota inicial, en el marco de la política habitacional del entonces presidente, Belisario Betancur Cuartas, fueron muchas las familias tulueñas que se empezaron a ilusionar de que por fin tendrían su casa propia.
Se trataba de una época en la que las créditos para vivienda eran pocos y los que había eran inalcanzables para hogares de escasos recursos, así que acceder a una casa sin tener que desembolsar nada era casi un milagro.
Así nació la urbanización La Esperanza, un plan habitacional de 544 soluciones que era financiado por el desaparecido Instituto de Crédito Territorial, Inscredial, cuyo costo total era de 700 mil pesos y con cuotas de 8880 pesos mensuales pagaderos a 15 años, recuerda Luz Estela Sevillano, una de sus fundadoras y quien por varios períodos ha ocupado la presidencia de la Junta de Acción Comunal.
“Antes de la construcción del barrio, esto era un terreno enmalezado y como cenagoso al que en ocasiones se le sembraba un cultivo de millo, así que no era muy agradable decir que se podría vivir aquí” agrega la dirigente comunitaria.

En obra negra

Distinto como se hace ahora, en que primero se recogen los recursos y luego se construyen las casas, en aquel tiempo el Inscredial hizo las viviendas y, una vez terminadas, empezó a repartir los formularios que, desde luego, volaron en cuestión de horas.
Las casas fueron entregadas en obra negra, es decir en ladrillo y con pisos de cemento. Estaban compuestas por dos cuartos, una sala, la cocina y un pequeño patio que muchos convirtieron posteriormente en otro cuarto, recuerdan los primeros moradores del barrio.
“Casi todos han cambiado las fachadas porque de manera extraña estas casas tenían casi una entrada común, sus puertas de ingreso eran frontales con la vecina y muchos las han puesto de frente a la calle o pasaje” agrega Luz Estela Sevillano.
Otros, con mayores condiciones económicas, les han hecho segunda y hasta tercera planta en razón al crecimiento de las familias.

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Necesaria amnistía
A pesar de que la cuota era relativamente baja, no fueron pocos los beneficiarios del plan que empezaron a atrasarse en el pago, lo que en algún momento de la década de los noventa hizo temer que podría haber juicios de lanzamiento masivos. Muchos debían desde la primera cuota y alcanzaban ya hasta diez años sin haber realizado pago alguno.
“Para legalizar la tenencia de las casas, ante la de-saparición del Instituto de Crédito Territorial, el Gobierno Nacional se ideó una amnistía que llegó como bálsamo para todos” recuerda la dirigente comunal hoy veedora de servicios públicos domiciliarios.
La medida rebajaba el 50% de las cuotas atrasadas para quienes pagaran la totalidad de la deuda y, de esa manera, muchos pudieron tener por fin la anhelada escritura de sus casas.
Pero, como en toda sociedad que busca organizarse, no faltan las dificultades, y La Esperanza no ha sido la excepción.
La falta de conciencia comunitaria condujo hace un poco más de diez años a una aguda crisis ante la posibilidad de que el barrio perdiera su personería jurídica por la falta de líderes que llevaran las riendas del sector. Finalmente, la aparición de nuevos líderes pudo salvar la existencia jurídica de la urbanización.
Hoy el sector cuenta con una sede educativa donde estudian casi todos los niños del barrio, un polideportivo que tiene algunas necesidades, tres parqueaderos y algunas zonas verdes pero, paradójicamente, no cuenta con una sede comunal en la que sus dirigentes puedan reunirse para preparar sus actividades.
“Algunos sostienen que la escuela La Esperanza fue la primera sede comunal de nuestro barrio pero no hay un sustento documental que lo pruebe” sostiene Luz Estela Sevillano.
Entre tanto, La Esperanza sigue adelante con las mismas 544 viviendas que a sus propietarios les legó el presidente Belisario Betancur, un nombre que para ellos significa haber logrado el sueño de tener casa propia.

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