Por: William Loaiza Amador

“Dios abrió las puertas y extendió sus brazos para recibir al sacerdote” fue la expresión del obispo de Buga, Monseñor José Roberto Ospina Leóngomez, al referirse al deceso del padre José Hernando Palacios el pasado 6 de enero. Y esa era la práctica diaria de “Mono”, como le llamaron al religioso, por el que el médico Luis Fernando Sánchez lloró al informar que quien siempre tuvo una mano solidaria para con ancianos, indigentes y drogadictos, se había ido al encuentro con el Ser Supremo.
Su máxima, y que la expresó en una entrevista televisada, era “poner todo en la mano de Dios” y estimó que cuando ello pasaba así, todo llegaba.
A los 22 años, después de haber estado a punto de contraer matrimonio por lo que llama “una locura de juventud”, acogió el llamado de Dios que siempre lo había inquietado. Un hermano ya era sacerdote y una hermana religiosa, y ambos lo apoyaron en la decisión de dejar las noches de baile por los días de recogimiento. Estudió en el seminario de Cristo Sacerdote en la Ceja (Antioquia). El Padre Palacios “careó” tanto a guerrilleros como a “paras”, no solo aquí, en el Valle del Cauca, sino además en Ayapel Córdoba y, Urabá antioqueño donde cumplió su tarea sacerdotal después de que en 1979 se ordenara como sacerdote. Estuvo en misión en Porto Alegre (Brasil), regresó y durante siete años permaneció en Calima El Darién, Palmira, Manizales, el corregimiento de La Marina (Tuluá) y de aquí al Barrio Popular, en donde llegó en 1994 y se hizo conocer por las misas de sanación, aún cuando vecinos del templo se quejaron por la bulla de la multitudinaria feligresía que allí concurría.

Rebelde

El obispo Rodrigo Arango Velásquez dispuso su traslado de la Parroquia de San Judas Tadeo. Fue criticado porque algunos consideraron que desobedeció a su superior. No quiso aceptar su traslado al corregimiento de Salónica (Riofrío), por lo que se quedó sin parroquia, lo que le causó beneplácito a la mayoría de los sacerdotes diocesanos. Por ello se dedicó al albergue que ya tenía doce ancianos, donde como el hombre de Samaria ayudó a las personas en apuros y buscó que en cada uno existiera El Buen Samaritano, que abrió el mismo día que cumplió sus 48 años, el 13 de agosto de 1998 y donde posteriormente convirtió en comunidad religiosa. No solo se le rebeló y se enfrentó a su superior, sino además a quienes desde el sicariato a sueldo terminaban con personas aún sin conocer. Arriesgó su vida para buscar salvar la de los demás. Pero también se le atribuyó, que no solo fue el exorcista para expulsar los espíritus malignos, sino además el hombre que silenciosamente intervino para lograr liberar personas secuestradas. Por eso, le tocó que ausentarse durante una temporada, más por petición de las autoridades que por temores personales. Con sotana, fue de “muchos pantalones” y así se sintió en el Comité Municipal para los Derechos Humanos, como lo recordó el entonces personero delegado Julio César Robledo. Fue consejero y amigo personal de gente de todos los estratos socioeconómicos.

Bondad

Había nacido en Filadelfia (Caldas) el 13 de agosto de 1950 y vivió una niñez y juventud plenas, en medio de un ambiente católico. A sus 12 años quedó huérfano de padre y desde entonces se acostumbró a ver a su mamá acostarse a las dos de la madrugada y levantarse a las cuatro para seguir trabajando. Señalaba que “la bondad de Dios que busca derramar con los necesitados es la gran herencia de mi madre Aleyda Marín”, una mujer que fue capaz de criar y educar con una máquina de coser a sus 16 hijos. Su papá tuvo cuatro hijos más, en otra mujer.
Doña Aleyda supo sembrar en el corazón de José Hernando la semilla invaluable de la caridad. Así les dio estudio a todos y así les enseñó también que la vida es maravillosa, por dura y difícil que parezca. Ella no tenía nada para darles a los necesitados. Regalaba todo, les daba comida. “Cuando murió, cumplimos su última voluntad: le pedimos a la gente que no trajera flores al velorio sino alimentos para repartirlos a los pobres del pueblo”, explicó el padre José Hernando en una amplia nota para la Agencia Católica de Informaciones, Aciprensa, que ayuda a documentar este reportaje. Para el sostenimiento del albergue, donde se encuentran 83 ancianos, al cura Palacios le tocó acudir a la rifa de carros y hasta recibió ayuda del programa social Los Famosos Buscan La Fama que promueve la gerente de EL TABLOIDE, Nilsa López de Espejo.
Las cenizas del sacerdote, quien desechó en varias oportunidades ser candidato a la alcaldía de Tuluá, fueron depositadas en el albergue donde el Padre Palacio enseñó a compartir, especialmente amor que se espera se mantenga en los albergues que estableció en Bugalagrande, Manizales, Belalcázar (Caldas), Sibundoy (Putumayo), Providencia y Barbosa (Antioquia) y Tuluá. Y que también llegó a la República de Honduras.

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