El Tabloide

San Juan de Barragán, un pueblo que se sobrepone a todas a las adversidades

A pesar de las dificultades por las que han atravesado sus pobladores, en especial con los grupos armados al margen de la ley, hoy Barragán reverdece.

La exhuberancia de sus paisajes, unida a la calidez de sus gentes, son los aspectos que mayor motivación adquieren a la hora de visitar a San Juan de Barragán. Desde Tuluá, su cabecera municipal, se llega a través de una carretera en buen estado en épocas de verano, cubriendo 72 kilómetros de distancia.

Si de algo se sienten orgullosos los nativos de Barragán es del significado del nombre de su pueblo: varón, guerrero esforzado y valiente. Porque eso han sido desde siempre sus moradores, gente que busca el progreso a pesar de las dificultades por las que han debido atravesar, en especial en materia de orden público.

Pero su nombre real no es Barragán a secas. El pueblo de aproximadamente tres mil habitantes, situado a 75 kilómetros de Tuluá y que posee un rico clima frío producto de sus 3.400 metros sobre el nivel del mar es realmente San Juan de Barragán.
De acuerdo con uno de sus hijos, Bernardo Mejía Arango, los primeros pobladores de sus tierras fueron los indios Pijaos quienes por su carácter aguerrido, se oponían a la colonización.

No obstante, Juan Alonso de Fuenmayor, obrando en nombre de la Corona Española, en 1561 adjudicó esas tierras a Francisco de Espinosa a quien se las arrebataron nuevamente los Pijaos.
Muchos años después, en 1655, durante las capitulaciones, las extensas tierras barragunas llegaron a poder del capitán Juan de Lemus y Aguirre quien se comprometió con los españoles a comunicar a la Nueva Granada con Quito, asiento de los conquistadores de la época.

Clase campesina

“La ruta comunicaría al Valle del Cauca (Valle del Tuluá) con el Valle del Saldaña, atravesando el páramo de Amoyá” señala Mejía Arango lo que indica que el proyecto de darle salida al Tolima por esta región del Valle no es nuevo.
Posteriormente el extenso predio es adjudicado a los Jesuitas, luego expulsados por el Rey Juan Carlos III en 1767, y llega a manos de Rafael Cancino en permuta que realiza con la corona española por unas tierras que poseía en Cundinamarca. El terreno de 60 mil hectáreas abarcaba lo que hoy es Bugalagrande, Andalucía, parte de Tuluá y parte de Sevilla.
Con el arribo del siglo XVII, fruto de la guerra de la Independencia, los campos empezaron a sufrir cambios en su forma de explotación, apareciendo una nueva clase social: la campesina.

De estos cambios no fue ajena la gran hacienda Barragán, como había sido bautizada la propiedad de los Cancino, y no tardaron en llegar a sus predios migrantes de diferentes tierras pero presencialmente boyacenses en busca de una nueva forma de vida.

“Los colonos comenzaron a tumbar montañas en una escala considerable, los hospitalarios herederos del general Cancino se alarmaron e iniciaron el reparto del latifundio pero ya era tarde” precisa Nórida Carvajal Zúñiga en un extenso escrito sobre Barragán y Santa Lucía desarrollado como trabajo de grado para optar por el título de comunicadora social de la Universidad Autónoma de Occidente.
La colonización principalmente boyacense trajo consigo los frutos de esas tierras y Barragán no tardó en convertirse en productora de trigo, cebada, papa, tomate de árbol y fresa entre otros, sin olvidar las hortalizas y productos lácteos y cárnicos.

Como el ave Fénix

Uno de los productos que ha tenido mayor arraigo fue definitivamente el trigo, al parecer introducido por Luis Abel Arango quien importó para su procesamiento unas máquinas desde Suiza.
Fruto de la expansión de este mercado, en 1941 se llevó a cabo en el poblado, que había sido erigido corregimiento en 1904, la primera Fiesta del Trigo que a lo largo de los siguientes años tuvo varias versiones pero luego decayó hasta de-saparecer.

Estos festejos fueron reemplazados por las Fiestas del Campesino, celebradas habitualmente a mediados de agosto, en donde muchos de sus nativos regresan a su terruño para darle rienda suelta a los recuerdos y traer a la memoria los parientes idos.
Otro producto insigne de Barragán es la leche de la que se sacan a los mercados nacionales alrededor de 15 mil litros diarios, sin olvidar la papa y las frutas que llenan las tiendas, pequeños supermercados y grandes superficies de la región y el país.
Pero definitivamente el progreso también trae consigo diversos problemas y la violencia no ha sido ajena a quienes han forjado el desarrollo de esta tierra.

Los enfrentamientos de guerrillas y autodefensas en los años 90 y 2000 produjeron una sorpresiva migración de campesinos que redujo el poder productivo de Barragán a su mínima expresión.
Hoy, luego de un largo proceso de reconstrucción del tejido social y reconciliación con quienes les arrebataron los sueños, sus tierras vuelven a verse pobladas de campesinos ávidos por seguir extrayendo de su interior lo mejor para llevarlo a las ciudades, dejando en el olvido y para siempre los momentos de dolor que la violencia les trajo y sobre la que muy pocos se dolieron.

Muchos aún esperan que desde las esferas gubernamentales llegue el apoyo necesario para reconstruir sus vidas porque sus familias, o muchas de ellas, quedaron definitivamente enterradas en medio del conflicto.
Refiriéndose a su tierra y sus habitantes, Mejía Arango puntualiza: “Allí prosperaron sus negocios, allí se arruinaron muchas veces y allí volvieron a resurgir de su ruina como el ave Fénix de sus cenizas”.

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