“…Espero que el fútbol se convierta en una actividad que genere mayor armonía social…”.

Rusia, es un país célebre por haber sido poder imperial y laboratorio social de las más famosas doctrinas políticas de la humanidad y por crear el arma de fuego de mayor producción de la historia: el tristemente célebre rifle kalashnikob. Sus urbes, como San Petersburgo, evocan aquellas ciudades que por su encanto, parecen haber sido diseñadas para caminar sobre sus calles, para descubrirlas y redescubrirlas, como lo hacemos cuando exploramos el encanto de una mujer.

La cultura rusa parece una matrioska, aquella muñeca distintiva de Rusia, que en su interior alberga una nueva muñeca, y ésta a su vez otra y así sucesivamente, de manera que cuando las contemplamos, descubrimos una nueva, cada vez con mayor encanto y poder evocativo que la anterior. Sin duda, Rusia representa la fusión de la cultura europea con la asiática; no en vano ha legado a la tradición occidental célebres escritores y artistas.

Este mágico lugar, celebra el campeonato Mundial de Fútbol, con una inversión que hace de este evento uno de los más costosos de la historia, una contribución de Rusia a la FIFA y al fútbol y no en dirección contraria, según revelan las cifras. Confieso que he seguido algunos de los partidos de dicho certamen, a pesar de no ser un asiduo fanático de este deporte. Espero que en la tierra anfitriona de este torneo mundialista, en Colombia y en el resto del mundo, el fútbol se convierta en una actividad que genere mayor armonía social y permita alivianar el peso de la cotidianidad.

Espero de igual modo que las celebraciones por las victorias derivadas de esta contienda, excluyan la violencia para facilitar el acercamiento entre familiares y amigos, vínculo necesario para fertilizar el campo donde ha de germinar la paz.

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