Una gloria inolvidable del fútbol. Para muchos en la ciudad es el mejor jugador que ha dado Tuluá en su historia

Ningún tulueño de la generación de los 60 y en especial los mayores que vivieron la época dorada del fútbol en el barrio Victoria, puede olvidar la gambeta endiablada de Richard Moreno, tronco mayor de una dinastía familiar que dio mucho de qué hablar por la calidad de sus jugadores.

Nacido en el mismo barrio Victoria el 21 de abril de 1935, Ricardo Moreno Moreno fue el cuarto de siete hermanos aunque en su listado memorístico figuran más contando con la dinastía de los Sanclemente.
Sentado en un muro de la Plaza Cívica Boyacá, donde hoy deja correr las horas cada día acompañado por una serie de amigos de su edad, Richard deja volar sus recuerdos en torno al fútbol que vivió con plena intensidad pero que no añora porque nunca le pagaron lo que merecía.

«Yo empecé a jugar a los diez años en el equipo Sacachispas de Gilberto Giraldo Gálvez, 3G. Era un centro delantero de gran pegada, lo que antes se conocía como una 10-10» señala el exjugador que aún es considerado por muchos como el mejor jugador que ha tenido Tuluá.

A los 12 años, con apenas primero de primaria, se fue a Cali a trabajar en construcción para ayudar a su madre con los gastos familiares y allí se vinculó a un equipo de obreros.
«Algún día, en 1954, llegó a la cancha Guillermo Sardi, presidente de la Liga de Fútbol del Valle y me ofreció vincularme a la selección Valle. Con esta selección jugamos la final de los Juegos Nacionales en Ibagué y quedamos campeones» añade Moreno mientras saborea un café en leche y las primeras sombras de la noche empiezan a cubrir el parque tulueño.

Al volver a Cali, un día su hermano Euclides, quien vivía en Buga, lo invitó a quedarse en su casa para que jugara como refuerzo del equipo Juventud de la Ciudad Señora. Con este jugó contra Once Caldas y le ganaron.

Su participación fue tan positiva que las directivas de Juventud lo invitaron a seguir jugando allí, por lo que se radicó en Buga aunque siempre trabajando construcción por cuanto la familia necesitaba de su ayuda.
Poco después, al fundarse el Deportes Tuluá, un equipo de grata recordación en la ciudad, sus directivos Luis Eduardo Sánchez, Nelson Copete y Salvador Montegranario lo tuvieron en cuenta y lo llamaron a conformar el onceno, seguros de que los goles del «negro Richard» serían fundamentales.

En el primer año Deportes Tuluá llegó a la final y debía enfrentar a La Chichería, equipo que contaba con algunos profesionales. Se jugaron tres partidos con un empate siempre, así que se programó el cuarto y ese tenía que ser el definitivo.

«Yo ya estaba llegando a la mayoría de edad y no tenía aún mi libreta militar porque me valía $ 52 pesos y eso era mucha plata. Así que la noche anterior llegó el presidente de La Chichería y me ofreció darme la libreta sino me presentaba al partido. Obviamente me negué, jugamos y le ganamos la final municipal por 4-1, con tres goles míos» señala Richard Moreno rememorando aquellas gestas deportivas.

Llamado al profesionalismo

Ante tales hazañas, fue inevitable el llamado de los equipos profesionales. Directivas del América llegaron hasta Tuluá y lo llevaron a entrenar bajo las órdenes técnicas de Carlos Tulio Obonaga.
Si bien el fútbol era su vida, los gastos familiares no daban espera y el pago de los Diablos Rojos no solo era malo sino irregular, por lo que la primera experiencia profesional solo duró tres meses y se regresó a Tuluá sin jugar ningún partido.

El negro Richard Moreno, quinto de izquierda a derecha, posa al lado de Adolfo Pedernera, cuarto. Juntos jugaron en Tuluá un partido amistoso.

Poco después, fueron las directivas del Deportivo Cali quienes quisieron contar con sus servicios pero de nuevo no pasó de los entrenos y esta experiencia se malogró por lo económico. «Al final solo me pagaron 14 pesos, me aburrí y me volví a Tuluá» sigue recordando.

El siguiente llamado no podría ser más tentador. El propio Gabriel Ochoa Uribe, entrenador de Millonarios, acompañado de Delio «Maravilla» Gamboa, llegó hasta Tuluá para llevárselo al equipo azul.
Allí se encontró con jugadores de la talla de Adolfo Pedernera, Alfredo Di Stéfano y Néstor Raul Rossi. «Solo estuve una semana en Bogotá, el frío y la inestabilidad económica me hicieron volver» señala con algo de nostalgia.

Los años empezaban a pasarle la cuenta pero Richard Moreno seguía deleitando con su espectacular gambeta en las canchas de su pueblo. Entró a trabajar al ingenio San Carlos y por ende a jugar en su equipo hasta ganar un torneo departamental pero luego lo echaron de la fábrica y volvió a la construcción.

En sus estadísticas mentales dice que debió haber hecho por lo menos tres mil goles, de todas las facturas y al preguntársele por el más bonito de todos, recuerda uno que le hizo al Deportivo Cali, jugando un partido amistoso para el Rácing de Tuluá, de chilena pero desde la media cancha. Inolvidable.

La noche ya cubre toda la Plaza Cívica Boyacá, los trasnochadores empiezan a llenarla y Richard debe volver a su casa en el barrio Las Veraneras y como futbolista que fue es inevitable preguntarle por la Selección Colombia y su visión sobe su participación en el Mundial de Rusia.

«Peckerman no sabe de eso, pero si se le ocurre armar un buen once, es posible que lleguemos a la semifinal. De ahí no pasamos» concluye Richard mientras se aleja para tomar un transporte que lo lleve de nuevo a su casa donde vive solo con su esposa pues sus hijos Gladis, Ricardo y Víctor tienen tolda aparte y casi no los ve.

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