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…Recuerda con su prédica, que el mundo no tiene más problemas que los problemas de las personas…”.

A propósito de un evento académico realizado en días recientes en Tuluá, sobre los quinientos años del inicio de la reforma protestante, que se cumplieron el pasado 31 de octubre, un grupo de jóvenes estudiantes -quienes manifestaron además ser lectores de este semanario- me abordó una vez clausurado el evento y a propósito de dicha efemérides y del reciente viaje del máximo jerarca de la Iglesia católica a nuestro país, expresaron su deseo de conocer mi opinión sobre dicho acontecimiento y la reforma protestante; puesto que les manifesté que tal vez mi opinión no puede ser interesante, me plantearon la posibilidad de elaborar un escrito sobre dicha visita y la reforma protestante en Colombia.

Dado que dicho suceso fue tal vez, una de las noticias de más realce en el año que culmina, y como además, no escribí una sola línea sobre la misma, acepté el reto y siguiendo el ejercicio literario del escritor bugueño Luciano Rivera y Garrido, plasmado en su libro “Impresiones y recuerdos”, presento mi “impresión” de la siguiente manera: El mismo día en que el mayor huracán de la historia del Atlántico –Irma- inició su paso por el Caribe, el Papa Francisco pisó tierra colombiana y en un tono pausado pero firme, el líder religioso argentino de ascendencia italiana, de nombre secular Jorge Mario Bergoglio, tercer Papa que vino a nuestro país (lo antecedieron Pablo VI y Juan Pablo II), se dirigió a los fieles que con ansia lo esperaban. Un líder de sonrisa fácil, que conmovió no solo a los católicos sino a personas de distintas orientaciones religiosas. Un guía que con sus palabras invoca aquello que nos une y que nos conmueve.

Recuerda con su prédica, que el mundo no tiene más problemas que los problemas de las personas, como lo había proferido años atrás el escritor José Saramago. En sus alocuciones evidenció un profundo conocimiento de nuestra historia y de las enseñanzas que algunos colombianos ilustres como Gabriel García Márquez han entregado al mundo. Con su palabra serena, instó a repensar la solidaridad, la familia, el cuidado de la naturaleza, la justicia social y desde luego la paz en un país, cuyos habitantes –culpables e inocentes- la hemos deshabitado y en su lugar, hemos naturalizado tanto la guerra, que contemplamos esta última con la misma indiferencia que nos invade cuando miramos el gris metálico de las calles en nuestro diario trasegar.

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