Acaba de llegar del cañón de Garrapatas donde estuvo con las comunidades indígenas por espacio de una semana enseñándoles todo lo que necesitan sin cambiarles su cultura.

Ha viajado por varios países de América y Europa siempre buscando conocimientos nuevos para compartir.

Con todo un mundo recorrido, varios idiomas entre sus aprendizajes más algunas lenguas indígenas nativas y la satisfacción de ser el blanco (a pesar de que su piel ya casi es negra) más querido por los indios y los negros del Pacífico colombiano, Óscar Arley Gómez Ospina todavía no ha perdido la humildad de quien nació y creció en un hogar de pocos recursos para todo.

Hijo de Celia y Óscar, fue el mayor de 10 hijos nacidos casi todos en el barrio Céspedes de Tuluá, varios de ellos, como él, picados por el bicho de la docencia.

Hizo su primaria en Aguaclara y el bachillerato en el Gimnasio del Pacífico, siempre con la idea de ser médico o maestro pero al terminar sus estudios superiores, casi simultáneamente su papá, que era vigilante de un banco, perdió los subsidios que le daban para el estudio de sus hijos y se frustró la idea de profesionalizarse en ese momento.

“Lloré tanto como cuando se me había reventado mi primera cometa o algunos años después cuando murió mi papá. Esas han sido mis lágrimas más sentidas” confiesa Óscar Arley en el bloque de medicina de la Unidad Central del Valle, donde habla de todo un poco con los alumnos de esta asignatura.

Leer y aprender
Desilusionado pero no derrotado, se dedicó a leer mucho sobre medicina y todo lo que tuviera que ver con la profesión, con la idea fija de aprender a entender a los médicos.
“Un día, ante el anuncio de que se dictaría en Cali un curso sobre humanización de la medicina, decidí empacar mis pocas cosas y me fui sin más recursos que mi intención de aprender” agrega.
La experiencia fue realmente difícil porque, al no tener a nadie en Cali, dormía en los parques, en las bancas de la Terminal de Transportes y pasaba los días sin comer, pero siempre con el propósito fijo de aprender, a pesar de la amenaza de ser despedido por no tener un padrino político.

Terminado el curso, en el que ocupó el primer lugar, volvió a su tierra e ingresó a su primer trabajo formal, enlace de pacientes en el hospital Tomás Uribe Uribe.

Algún día, sigue contando Óscar Arley rebobinando sus recuerdos, llegó al hospital una delegación de estadounidenses para profundizar sobre enfermedades tropicales y fue él a quien le correspondió atenderlos, aprovechando el poco inglés que sabía en ese momento.
“Al terminar el intercambio, me propusieron hacer una pasantía en Nueva York y terminé caminando por las calles de la capital del mundo y hasta dando clases en la escuela de medicina Albert Einstein” afirma con orgullo.

El Plan Padrinos
La estadía en Estados Unidos le sirvió, no solo para profundizar en su pasión, la medicina, sino para perfeccionar su inglés, lo que le siguió abriendo puertas en el campo médico.
De vuelta a su ciudad se encontró con el Plan Padrinos Internacional, una ONG que tenía como misión apoyar planes y programas de emprendimiento comunitario con recursos del exterior.

Su ingreso a esa organización no se hizo esperar, trabajando por muchos años como coordinador de salud e incluso, por cuenta de la institución, estuvo en Holanda y Francia, donde aprendió el francés y, a su regreso, se encontró con que el organismo terminaba su ciclo y se quedó sin trabajo.
Decidió entones que ya era hora de concentrarse en algo que quería hacer desde hacía tiempo: dedicarse a enseñarles a las negritudes y a los indígenas.

Para no llegar hasta ellos de maneras autodidacta, ingresó a la Universidad Nacional Abierta y a Distancia, Unad, para estudiar Etnoeducación y dedicarse de lleno a propiciar un encuentro de saberes.

Nuevo libro a la vista
“Hoy voy a las tribus, resguardos y asentamientos indígenas regu-larmente, duermo con ellos, como lo que ellos comen, convivo con ellos enseñándoles lo que necesitan para mejorar su calidad de vida pero sin que ello implique cambiarles su cultura y costumbres” precisa Gómez Ospina mientras sus estudiantes siguen felicitándolo por el reciente informe que le hizo el canal RCN en uno de sus noticieros.

Para oficializar su trabajo con estas comunidades a lo largo del Pacífico y en los sectores del suroccidente donde existen asentamientos indígenas, la Gobernación del Valle le firmó un contrato, a través de la Secretaría de Salud, como asesor de asuntos afro e indígenas.

A pesar de los inconvenientes que le significan la diabetes y un problema hepático que por casi lo lleva a la tumba, Óscar Arley Gómez sigue adelante, apuntándole a terminar su segundo libro sobre cómo abordar la cultura ancestral desde el punto de vista occidental.
“También quiero volver a la radio, muchos todavía recuerdan con cariño mi programa Buenos Días Valle del Cauca en el que me despedía con la frase: un educador al servicio de la comunidad.

La radio es mi pasión, tan fuerte como lo es el béisbol, el único deporte que me hace trasnochar sobre todo cuando juegan los Yankees de Nueva York” puntualiza el negro Óscar Arley mientras se aleja rumbo al segundo piso del bloque de medicina, donde una vein-tena de muchachos lo espera para que les comparta todas sus experiencias y les hable de todo lo que hace en este campo con las comunidades que atiende.

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