“…Llama aún más la atención que las diferentes formas de los crímenes se presentan en la familia…”.

Es un hecho que los niños constituyen el corazón y la esperanza de una sociedad. Por ello, con frecuencia se escucha decir que “los niños son el futuro de la patria”. Esta frase tiene tal fuerza en cada una de sus letras, que al unirse logran una rítmica que realza la fuerza de su semántica y de su encanto.

No obstante lo anterior, vale repensar que los niños no solo constituyen el futuro del país, sino que también son la flama incandescente del presente. En tal virtud, estos siempre han de ser el centro de atención de la familia, de la sociedad y del gobierno. Por lo dicho, duele y duele en profundidad leer en los periódicos o mirar en televisión, noticias relativas a diferentes eventos en contra de la preindicada población, en cuanto a explotación laboral, maltrato físico y psicológico, abuso sexual, entre otros.

Sin duda, estas formas de violencia tienden un manto gris sobre la sociedad, toda vez que siembran la incertidumbre, el terror y manchan la integridad de estas almas inocentes. Como es de suponer, estos daños irreparables dejan una estela, que en algunos casos, y conforme a la personalidad de los afectados, se instauran en sus mentes, generando, en los más débiles, una inclinación por el mundo del vicio o de la delincuencia.

Llama aún más la atención que las diferentes formas de los crímenes antes enunciados se presentan en la familia, en las instituciones educativas, en guarderías infantiles…, entidades que tienen que salvaguardar la integridad física y psicológica de los niños. Ante este flagelo, se debe intensificar la rigidez de los filtros, que deben superar aquellos que se han de poner al frente del cuidado de los chiqui-tines. No hacer esto, sería cometer un error histórico que con dureza nos cobrarían las futuras generaciones, puesto que sin duda, los niños son inocentes pero muchos adultos se aprovechan de su pureza y candidez.

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