“…la decencia y el discurso promulgado por Fajardo durante campaña deberá ser consecuente…”.

¿Que se acabaron los tarjetones electorales en algunos de los puntos de votación? Permítanme reírme. Es uno más de los montajes a los que debemos acostumbrarnos en nuestra política corrupta y con tanta y tan desmedida ansia de poder. Puede que se hayan acabado realmente, démosle pues el beneficio de la duda y que no hayan impreso los 36 millones que se necesitaban para garantizar que cada votante en caso de que todos votaran por alguna de las consultas del pasado domingo, haya sido una decisión de presupuesto y no de estrategia.

¿Cuándo para malgastar la plata, habían pensado? Tal decisión no tiene referente histórico. En todas las elecciones se ha hablado del derroche de recursos en la impresión de tarjetones, que en últimas se destruyen porque no son usados.

Pensemos mejor en quién se benefició con el tan sonado error de distribución en cabeza de la Registraduría. Pues la maquinaria ahora con nombre de Duque, quien desde ya se consolida como el próximo presidente de Colombia o al menos así lo dejaron ver los medios durante todas las transmisiones del domingo electoral. ¿Dónde estalló en primera instancia lo de los tarjetones? En Medellín, no les parece un poco casual.

Pude ver una actuación magistral de un elector a eso de las 12:30 de aquel 11 de marzo que pasará a la historia como el día de las más de quinientas mil fotocopias. Casi llorando, vociferando histérico porque no podía votar por la consulta. ¿Qué es esto? Me preguntaba. Acaso lo principal del día era la consulta. Lo principal era la conformación del Congreso, tanto en el senado como en la cámara de representantes.

Tratar de renovarlo y de castigar la corrupción. Se puede decir que levemente se logró, llegando congresistas con aire nuevo a forjar las leyes del próximo periodo legislativo. Sin embargo, continúan grandes caciques que no soltarán esa teta por nada del mundo porque la gente los sigue sosteniendo, así los tengan comiendo cucharaditas de popó. No hay nada que hacer. Esta es nuestra idiosincrasia colombiana y nuestra cultura apolítica.

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