Los gatos

…Personas enemigas del género humano se han  da-do a la tarea de mortificarle la vida a don Rigo y a doña María…”.

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Hace unos años encontré un maravilloso libro del gallego Álvaro Cunqueiro donde narra algunas de las peripecias de Merlín, el mago. Entre los atributos de este taumaturgo, de los que Cunqueiro da cuenta, está el de suplantar cualquier materia viviente tomando su forma y atributos. Por eso cuando Carolina me contó la manera como el gato que trajo a casa había llegado a sus manos no me cupo duda que por alguna razón desconocida el hechicero nos había escogido para darle albergue. Desde entonces Merlín, como cualquier gato, se hizo dueño y señor de mi hogar estableciendo rigurosas normas gatunas de implacable cumplimiento a quienes él considera sus naturales súbditos.
Pero no me quejo porque con Merlín he aprendido que estamos lejos de ser la única especie inteligente del universo y al comprender lo anterior, he entendido además que a los humanos nos sobra tontería y soberbia y nos falta perspicacia y humildad. Quienes hayan hecho el ejercicio de convivir con un gato, independientemente que sea o no mago, pueden dar fe de cómo dicha cohabitación nos permite asumir las pequeñas satisfacciones que nos ofrece la vida de una manera tal que terminamos enterándonos que ellas son de verdad eso que pomposamente llaman “la felicidad”.
Por lo mismo tengo entre mis mejores amigos a aquellos que como yo saben dialogar con los gatos, así como ellos, cuando les da la gana, nos devuelven la plática a su manera, ronroneando. Y, a pesar que no tengo el gusto de haber estrechado la mano de don Rigoberto Dávila Muñoz, ni la de su esposa, doña María Zulma García, sé por información que apareció en este mismo semanario, que al señor Rigoberto por su dedicación a los felinos se ganó el título de “El apóstol de los gatos”, lo que en verdad lo honra. A los que no leyeron la crónica les informo que dicha dignidad la recibió el señor Rigoberto por cuidar, junto a su valiente esposa, de una nutrida población gatuna que merodea por los lados del Cementerio Central y que puede alcanzar casi el centenar de individuos.
Lo grave del asunto es que una vez publicado el episodio laudatorio, personas enemigas del género humano se han dado a la tarea de mortificarle la vida a don Rigo y a doña María, abandonando, a cualquier hora, de cualquier modo y en cualquier cantidad gatos recién nacidos, gatas recién paridas y gatos aquejados de diversas enfermedades en las vecindades del cementerio con el siniestro propósito de que el administrador del sagrado recinto, enemigo declarado de los mininos y de sus cuidadores, logre que el señor Párroco de San Bartolomé prohíba la caridad cristiana para sus peludos y bigotudos hermanos. Santa Gertrudis, generosa patrona de los maulladores, te invocamos.

Ómar Ortiz

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