“…Las cifras demuestran el grado de violencia a la que cotidianamente nos exponemos…”.

El alcalde de Cali explicó que la medida de decretar la Ley Seca para impedir el consumo de licor en la celebración del Día de la Madre en la capital vallecaucana tiene que ver con el alto índice de homicidios que registra la ciudad, por lo menos mil ciento cuarenta hasta los primeros días de mayo, lo que nos da un promedio de más o menos ocho muertes violentas por día, cantidad que según el burgomaestre se vería notoriamente incrementada por la celebración a las mamás, teniendo en cuenta que el año inmediatamente anterior la cifra de homicidios en esa fecha fue el de treinta y un muertos, la mayoría producto de riñas familiares.

Las cifras que justifican la medida no sólo son apabullantes sino que demuestran el grado de violencia a la que cotidianamente nos exponemos como miembros de una sociedad que no ha sabido comportarse en su relación con el otro y que cada vez es más vulnerable a la respuesta iracunda y a la emoción descontrolada cuando cree defender su verdad o su territorio. Exaltación que puede tener peligrosas consecuencias cuando se ve alterada por el alcohol consumido en exceso.

Al momento de escribir esta nota no tengo a mano estadísticas que muestren la bondad de la medida o lo inútil de la misma, si tenemos en cuenta que el consumo de licor pudo trasladarse del ámbito público a los espacios familiares con iguales o parecidas consecuencias luctuosas. Pero lo que sí demuestra la prohibición es el grado de insania mental al que hemos llegado en nuestra perversa tradición de convertir toda fiesta en una tragedia.

Circunstancia que se hace más sensible si tenemos en cuenta el grado de polarización política al que nos vemos confrontados y que dada la cercanía de la contienda electoral puede tener en una fecha de embriaguez colectiva consecuencias impredecibles. Aunque no lo dijo, es posible que esta sea realmente la causa principal de la proscripción que me parece en buena hora asumió el alcalde Armitage.

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