“…Esa cruz, permanecerá por siempre clavada en la cumbre de las injusticias…”.

Ha llegado la Semana Santa. Llega para poner nuevamente en evidencia a Jesucristo procesado, a Jesucristo, crucificado, a Jesucristo resucitado. Vino para decirnos, que frente al poder de lo sagrado no hay poder histórico, ni colectivo, ni individual que se iguale. Nos recordará una vez más la injusta acusación y la más memorable de las injusticias. Nos hará partícipe de la fe, de la vida, la pasión, la agonía, la muerte y la resurrección. Nos hablarán de lo santo: de lo que determina o modifica una conducta que ha sido tocada por el poder de lo sagrado.

En Getsemaní, un hombre joven cuya voz y ademanes imperativos contrastaban con sus pobres vestiduras fue detenido, sometido a un absurdo y contradictorio juicio y condenado a morir finalmente, a morir encarnecido y despreciado en el Gólgota, como reo de rebelión.

Le fue prevista la muerte para los enemigos del imperio: la muerte de cruz del criminal, la muerte reservada para los trasgresores por excelencia. Pero el condenado era inocente. La observancia de una ley de características únicas basadas en el amor, la libertad, la solidaridad y la fraternidad así lo demostraba. Pero debía morir por haberse atrevido a encarnar la revolución mental más arrolladora que la historia universal haya conocido.

Esa cruz, permanecerá por siempre clavada en la cumbre de las injusticias, de las concupiscencias, de las mentiras sociales y políticas, como símbolo de reprobación eterna y de regeneración perdurable.

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