“…A nadie parece importarle el estrés que causa el exceso de ruido en las ciudades...”.

Tuluá ha avanzado en el tema de movilidad segura e infraestructura, pero se está quedando atrás en el tema de control a la contaminación auditiva. ¿Hasta cuándo durará esta problemática?. A nadie parece importarle el estrés que causa el exceso de ruido en las ciudades, ni las muertes que se derivan por ello.

Las motocicletas de dos tiempos se han convertido en un dolor de cabeza, no solo por el daño ambiental que causan por producción elevada de monóxido de carbono sino que además generan en la mayoría de los casos, sonidos en extremo ensordecedores, sobre todo cuando son adolescentes los que están al volante al pasar por cualquier vía a toda velocidad.
Sumado a ello están los vendedores ambulantes y publicistas, que usan bocinas o parlantes con altos decibeles de volumen deambulando por las calles de la ciudad; quienes si bien hacen su trabajo en beneficio de su entorno familiar, en todo su derecho claro está, y con el apoyo de la comunidad que los acoge, les compra habitualmente y hasta los recomienda; sí debería existir un control de las autoridades al uso abusivo por parte de algunos, no todos, que abusan sobrepasando los topes al anunciar la venta de sus productos o las promociones a favor de locales ubicados en la zona céntrica.
Luego están los vecinos alegres que también participan con ello, en una especie de contienda musical con la capacidad de volumen que pueden reproducir sus equipos de sonido desde sus casas o autos a ver quién gana, causando en muchas y repetidas ocasiones el insomnio en quienes deben laborar de domingo a domingo.

Finalmente, está la detonación de cada tipo de diablillos, sapas, papeletas, silbatos, culebras, y volcanes o castillos; actividad que dejó en el pasado diciembre 64 lesionados de gravedad confirmados en el Valle del Cauca: 35% solo en el cierre de fin de año y 65% en el resto del mes; de éste último se desprende un 25% correspondiente a menores de edad.
Todo ese conjunto antes mencionado, más los cambios climáticos y los trancones, entre otros; poco a poco van provocando un estado de impaciencia e intolerancia en los ciudadanos que a falta de sueño, intranquilidad, calor, y frustración ante su contexto, sin darse cuenta van desarrollando un estado de ansiedad que los conduce a estar más propensos a una actuación de forma violenta frente a otras personas, lo que puede desencadenarse de un momento a otro en riñas callejeras o conflictos familiares.

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