El Tabloide

La conciencia en la juventud

“…Viven entre la red del prejuicio y la teoría, el interés particular y la veneración fetichista del hombre…”.

En el momento en que el adolescente, el hombre nuevo, adquiere conciencia del mundo, su alma se ve levantada a la cima de una claridad sin ejemplo y traspasada por una concupiscencia de amor y de orden semejante a aquella otra “concupiscencia de Dios” de que habla San Juan de la Cruz. Pero esta transfiguración es apenas momentánea; todavía deslumbrado por el lujo entrevisto y sin siquiera medirlo en su magnitud visible, aquel hombre recién nacido se ve precipitado a las tinieblas nauseabundas en que borbota, bulle y batalla su semejanza innumerable.
La actitud que adopta después de este tránsito violento, dará la medida exacta de su valor; el extremo hasta el cual sostenga esa actitud, revelará si era en verdad digno de la vida o si fue apenas uno de esos cadáveres sin rostro a los que solo su hedor da realidad ante el hombre auténtico.

Acaso los únicos pecados imperdonables de la juventud sean el dimitir su profundo espíritu “libertador” y al renunciar a la gravedad fundamental de su alma para reemplazar uno y otro con la ironía, el odio, el rencor, la mala fe, o el escepticismo y la conformidad benévola, actitudes que apenas pueden ser excusables en hombres que lleguen al ultimo estadio de su vida, tras una lucha libertadora incesante y habiendo soltado durante años la vena de su conciencia trágica de su vivir. Esos tales tienen derecho a un reposo que es, al mismo tiempo, castigo por lo que dejaron incumplido. Pero la ironía, el orgullo o vanidad, el escepticismo, la conformidad que la juventud suele ostentar, no pasan de ser sucia caretas con que cubre su menguada avidez, de confort, su cobardía, su carencia de la verdad, que es la que da esperanza cierta.

Cuando la juventud se alza contra su anterioridad, se habla por todas partes de injusticia, tal vez, seguramente. Pero es que se ha probado que la injusticia no sea un deber, un ideal para la juventud? No todo el mundo quiere ni puede ser injusto con el pasado; por el contrario, la inmensa mayoría lo acepta con veneración, mientras no se retracte de lo que dice, con la excusa de que fue mal interpretado o se acoja a la mentira para difamar, cuando el resultado cierto, dice lo contrario.
Viven entre la red del prejuicio y la teoría, el interés particular y la veneración fetichista del hombre. Pero viven también abstraídos de la realidad axiomática, de una miseria espiritual que los espantaría si fuesen capaces de percatarse de ella.
Hoy estamos tranquilos y placenteros quienes transitamos por el camino de la verdad, quienes rechazamos las injusticias, las mentiras, cuando son producto de la nostalgia, de la amargura y de la despreciable actitud de hacer daño a quien se debe querer y, eso, cuando la persona conoce la gratitud.

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