Lentamente y paso a paso el sector céntrico de las ciudades capitales e intermedias fueron invadidas por las ventas estacionarias que impiden definitivamente la antigua y grata costumbre de caminar por las calles y conversar con la gente. Es así como en Tuluá, Buga y otras poblaciones del centro y norte del Valle se han convertido en un verdadero laberinto con todas las trampas habidas y por haber contra los transeúntes que los ponen en serios aprietos, especialmente si van acompañados de sus hijos o cargados con sus paquetes de compras. Solo es salir de las residencias para encontrarse en los andenes con las ventas de arepas, chance, chontaduro, la caja de chicles y cuanto dulce se puede expender en el mercado callejero.

Asimismo podríamos acercarnos un poco más a la zona céntrica de ambas ciudades y es asombroso la forma como cuelgan de las puertas y paredes los artículos que antes se vendían en el interior, por ejemplo, en Buga, es imposible caminar por las calles cercanas a la Basílica del Señor de los Milagros, porque si no es atrancado por los artículos religiosos, lo es por los vendedores que se atraviesan de un lugar a otro para ejercer su profesión ambulante y entonces la gente permanece en un estado de zozobra e intranquilidad, acosada por todos lados, porque tampoco se puede salir a un lado de la calle, ya que los vehículos automotores y específicamente las motos, pasan raudos sin respetar en lo más mínimo la presencia de los peatones. Y entonces, nos preguntamos, desde ¿qué momento se inició esta modalidad insana en contra de las personas de a pie?.

Y realmente podríamos afirmar con toda certeza que todo comenzó cuando se le dio más importancia al vehículo particular, que en un momento determinado se volvió en lo más importante para la vida diaria y era un instrumento de aparentar posición social, poder y riqueza y así fue como el mundo se arrodilló ante la velocidad y comodidad que ofrecían y se construyeron las grandes avenidas en las ciudades para dar paso a estas máquinas que se creyeron los dueños del mundo, pero se olvidaron del hombre y ahora estamos pagando las consecuencias: accidentes diarios, que dejan una estela de dolor y muerte sin contemplación alguna. Es increíble que, por ejemplo, las motos le hayan ganado la batalla a las autoridades de tránsito y lo peor del caso, es que se está presentando una cultura de la indecencia e irrespeto también contra la autoridad cuando quiere hacer cumplir la ley, actitud que es aplaudida por no poca gente.

Estamos viviendo la cultura de la desobediencia, de la ilegalidad, de la anarquía, en donde todo el mundo alega tener derechos pero se olvida de sus deberes y de esta manera cada quien hace ingentes esfuerzos por “salvarse” del maremágnum en donde le correspondió vivir. Recuperar el sentido del respeto a la otra persona es tarea de todos y recuperar los sectores tradicionales y céntricos de las ciudades es tarea de los gobiernos locales y creemos que sí se puede porque hay experiencias concretas en otros países. Solo falta buena y férrea voluntad de las autoridades competentes para hacer de las poblaciones referenciadas un buen lugar que genere la grata convivencia y se traduzca en la paz tan anhelada. 

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