Varias fugas, huelgas de hambre y hasta un homicidio están ligadas a la historia de este sitio que se convirtió en un referente de esta localidad del norte del Valle donde convivían el delito u la institucionalidad.

La fotografia corresponde a la antigua fachada de la alcaldía Municipal de Zarzal, edificacion que se remodeló recientemente..

Nadie conoce mejor el trasfondo de esta historia que hoy le vamos a contar, que Carlos Arturo Segura Ortega, un hombre que hoy pasa los días como pensionado y que por espacio de 32 años estuvo al frente de la dirección de la cárcel municipal de Zarzal.

Este ente oficial tenía la particularidad de funcionar en un espacio contiguo a la alcaldía del pueblo por lo que era casi que inevitable la convivencia entre internos, funcionarios y visitantes al antiguo edificio del que ahora ya no queda nada, pues dio paso a una funcional edificación frente al parque General Santander en la afamada Tierra del Coclí.

Recuerda el sempiterno director de la cárcel zarzaleña, que la misma era una edificación construida en gran parte de madera, con celdas sumamente incómodas y en condiciones de salubridad difíciles, pues si bien es cierto los recursos de manutención los giraba Bogotá, ese procedimiento se tardaba y en ocasiones se veían en apuros para atender la población de internos la cual oscilaba entre los 40 y 70, cifra que se subía algunos fines de semana

Como había zona de tolerancia y esta se agitaba los fines de semana, era natural que se presentaran peleas por temas de trago, mujeres y los contendores fácilmente terminaban en la “guandoca”, término parroquial que se le da los centros de reclusión en Colombia, y allí permanecían por espacio de 24 o 48 horas, según el tipo de falta que hubiesen cometido.

Según Segura Ortega, responsable de la por más de tres décadas, a la cárcel de Zarzal llegaban personas que estaban en proceso de judicialización y una vez condenados por el juez eran remitidos a otros lugares del Valle del Cauca o del país. Sin embargo añade, que en algunos casos estuvieron allí “guardados” personas sentenciadas por homicidio y un delito común en esa época como el acceso carnal que afectaba a los menores.

Muchas vivencias, muchas anécdotas
Para este hombre que hoy vive tranquilo, reposado y entre sus amigos en esta localidad nortevallecaucana de clima caliente, esa experiencia le dejó muchos recuerdos y aunque parezca imposible la mayoría de ellos buenos, pues ser el carcelero del pueblo le permitió llevar una vida estable económicamente y hoy gozar de una jubilación.

¿Hubo fugas? Le indagamos y la respuesta fue afirmativa, situación que se facilitaba según él porque las condiciones de seguridad del centro de reclusión eran mínimas.
“Yo no recuerdo cuántas, pero sí fueron varias las que se presentaron porque como le digo, la cárcel de acá era una construcción vieja, en madera y por tanto muy fácil de huir de ella” dice Segura Ortega, quien asumió el cargo en 1973 y lo entregó el 31 de octubre de 2008, año en el dejó de funcionar el centro de reclusión.

Pero quizá lo más llamativo de esta cárcel municipal, de las últimas en desaparecer en el país, era la convivencia con el entorno de la alcaldía y que según el exdirector hacía más difícil la vigilancia, pues los internos salían al patio y desde allí prácticamente recibían la visita de sus parientes que se apostaban en el corredor del segundo piso de la edificación.

“Eso era un problema constante pues esa cercanía entre internos y civiles ponía en apuros a la guardia que estaba integrada por siete u ocho personas y que debían estar a cuatro ojos, pues los familiares no solo iban a “visitarlos” sino que también pretendían dejarles alucinógenos, especialmente marihuana y en algunos casos alimentación” precisa.

Quienes visitaban la alcaldía y debían adelantar trámites en los niveles superiores se acostumbraron a frases como: ey, tire la liga, preciosa regáleme para un pan además de otras que por su contenido es imposible publicarlas.

“Como el techo que separaba la cárcel de la alcaldía era en tablas y estas por el uso dejaban hendijas, algunas de gran tamaño, todo el tiempo había que espantar a los presos pues uno de sus hobbies era “guindar” a las mujeres que sin tener en cuenta las recomendaciones visitaban la edificación usando vestidos o faldas” recuerda Segura sin poder evitar que se le escape una sonrisa.

A pesar de administrar la cárcel, Carlos Arturo procuró hacerlo bien y dentro de los parámetros del respeto y por eso puede andar tranquilo por las calles de la población, hablar con sus amigos y ver la vida pasar en medio del agitado desarrollo que hoy se siente en el territorio.

Del viejo reclusorio no queda nada, los que son capturados son llevados a otros lugares, pero hay quienes afirman que en la noche se escuchan ruidos extraños, quizá de alguna alma en pena que pasa por allí a recoger los pasos.

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