“Las guerras de Tuluá” es un mapa desde las calles de la ciudad hasta los caminos de la media montaña.

Nuestra geografía tanto material como espiritual, es una geografía de guerra. Desde la invasión española hasta la posmodernidad los colombianos no hemos cejado en nuestro mejor oficio, matarnos los unos a los otros. Es mucho tiempo inventando formas de acabar físicamente con el otro y alimentando odios con el fin de que dicha fábrica de horror y estupidez no cese. Por todo nuestro transcurrir histórico se han erigido personajes que activamente o desde la sombra lideran pequeñas o grandes guerras, insensatos y disparatados conflictos.

Todas las ciudades y pueblos de Colombia de seguro tienen un repertorio de violencias que nutren los fantasmas de los asesinados, el recuerdo de los desaparecidos y la trágica errancia de los desplazados. Y todo empeora cuando a todas las formas del terror, estatal, insurgente o simplemente criminal, sumamos las prácticas de las rabias personales de cada uno de nosotros y la atroz respuesta que por lo general damos a nuestros conflictos individuales, ya sea por motivaciones amorosas, pasionales, económicas, ideológicas, religiosas o políticas.

Tuluá, por supuesto, no es la excepción. Antes se podría afirmar que tiene en el amplio espectro de nuestra cotidiana pulsión asesina, lugar destacado. De esto da cuenta Gustavo Álvarez Gardeazábal en este su libro “Las guerras de Tuluá”, donde una serie de personajes, desde el cacique Burrigá hasta Florindo Rosas, el último de los lecheros, son víctimas o victimarios en un entorno que no permite alternativas de convivencia civil, si bien algunas veces la labor de algunos anormalmente sensatos ha evitado tragedias mayores.
Como siempre, con esa lengua descarnada que lo caracteriza Gardeazábal pone en evidencia hechos que hemos preferido olvidar como esa actuación de un desquiciado capitán que en 1956 ordenó, por los lados de Barragán, la ejecución de nueve indefensos y aterrados campesinos, a los que luego de marcar con un hierro candente fusiló ante los ojos de sus mujeres y de sus hijos y que nos relata en ese aterrador cuadro llamado “La primera masacre”.

Primera, porque la segunda llegaría en el año 2000 una vez que los paracos se tomaron Barragán y lista en mano sacaron once campesinos de la iglesia, donde la comunidad había buscado refugio, para degollarlos uno a uno luego de que cada uno cavara su propia fosa.

Y así vamos encontrando en esas ciento ochenta y dos páginas, las fanfarronerías criminales del General Mariachi y las vergonzosas barbaridades cometidas por los comandantes guerrilleros de las Farc en contra de una población que tuvo que sufrir los vejámenes de quienes en un momento acogieron con simpatía y esperanza.

Pero también están las tragedias personales que propiciaron nuestros narcotraficantes, el coraje de nuestras mujeres y los intrincados y no muy santos orígenes de muchas de las riquezas de nuestros señorones.
“Las guerras de Tuluá” es un mapa que desde las calles de la ciudad hasta los caminos de la media y alta montaña tulueña, ilustra la idiosincrasia de unas gentes que se parecen mucho al resto de Colombia. Sería bueno que después de su lectura alguna vez aprendiéramos.

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