Cartas de recomendación, memoriales, quejas para despachos judiciales y hasta esquelas de amor salen de los dedos de este personaje bugueño que mantiene viva la tradición familiar.

En una sociedad como la de hoy, que es jalonada a cada instante por la fuerza de la tecnología, resulta atrayente encontrarse con personajes como Hernando Durango Saldaña, un bugueño que desde hace más de 40 años ocupa un reducido espacio en la carrera 12 entre calles sexta y séptima de la Ciudad Señora.
En ese lugar al que él llama su oficina llega todos los días, ubica una mesa que luce afectada por los años y sobre ella una vieja máquina de escribir y a su lado el maletín característico de quienes van y vienen de los despachos judiciales.

Es un hombre de pocas palabras en lo que concierne a la comunicación verbal, pero de abundante prosa a la hora de escribir, pues en esencia ese es el oficio que ejerce y que heredó de su padre hace cuatro décadas atrás.

Aunque sabe que en la Ciudad Señora todos lo reconocen y valoran lo que hace, Hernando conserva la humildad característica y evade cualquier elogio que se le hace a su tarea.
Reconoce que hoy la clientela no es la misma de hace años atrás, pues en inevitable que la aparición de la tecnología los ha desplazado, pero todavía queda gente y no es poca que aún no accede a los aparatos electrónicos y le llevan trabajo.

Sentado en su butaca azul y mientras teclea en su inseparable amiga un texto por encargo, recuerda que muchas veces acompañó a su padre Ramón Durango y mientras lo veía trabajar iba aprendiendo el oficio, por eso, y tras la muerte de su progenitor no le resultó difícil seguir su legado.
Sobre su formación académica recuerda haber adelantado un curso de mecanografía con una entidad privada pero no lo terminó y años después estudió secretariado donde perfeccionó la técnica que ya había interiorizado a partir de la observación.

Su gran aliada

Uno de los aspectos que más destacan sus clientes es su buena ortografía, la que dice haber aprendido en la escuela y el colegio pues le tocó estudiar en una época donde escribir y leer bien no era un deber sino una obligación.

Pero aunque fueron sus maestros los que le enseñaron, recalca que es sin duda la lectura permanente la que le permite escribir como lo hace.
“Antes leía mucho más que ahora y no me faltaba un libro aquí en mi sitio de trabajo, pero he bajado la intensidad, pero sigo leyendo en mi casa en los ratos que tengo libre” precisa este escribiente, uno de los últimos que se mantienen en esta población centrovallecaucana.

Como parte de su filosofía de vida, Hernando Durango Saldaña comparte el pensamiento del escritor mexicano Sergio Haro Alcaraz, quien dijo al referirse al libro y a la lectura como el invento más importante de la humanidad, incluso por encima de la rueda, pues a pesar de que esta facilitó la transportación de objetos, y transformó enormemente la vida de las personas, su alcance es físico y por lo tanto efímero, se trata de un invento utilitario. El libro en cambio transporta ideas, y es tan eficiente haciéndolo que es capaz de llevar el pensamiento de una persona a través del tiempo, de una generación a otra, permitiendo conocer las ideas de un creador, incluso después de su muerte.

42 años de muchas anécdotas

En esa pesca de palabras en la que se convirtió la entrevista previa a esta nota, pudimos extraer varios apuntes a manera de anécdotas que ha acumulado a lo largo de cuatro décadas.

Recuerda por ejemplo como hace algún tiempo se fue de la ciudad en una especie de año sabático y cuando regresó, uno de sus clientes lo aguardaba para que le hiciera la declaración de renta.
“Me causó curiosidad pues en esa época había gente que lo hacía y él me esperó prefiriendo pagar la extemporaneidad que aplica la Dian” relata con un asomo de risa en su rostro casi siempre adusto.
Uno de sus clientes más fieles es un personaje que se pasea por las calles de la Ciudad Señora y cada que alguien le grita el apodo se ofende y una vez establece su identidad y hasta domicilio o lugar de trabajo va en búsqueda del escribiente para que le redacte una denuncia que de inmediato lleva a los despachos judiciales.
“En la semana le hago una o dos denuncias, pero no se en qué pararán pues nunca me cuenta “añade.

Sin herederos

A diferencia de su padre, Hernando Durango Saldaña, no está preparando a nadie para que lo suceda en el puesto una vez abandone el oficio, pues por una decisión personal vive soltero y no tiene hijos y nadie en su familia se interesó por el tema.

“Yo vivo con mi madre y la verdad soy feliz así” puntualiza este personaje que llega a su lugar de trabajo a las 8 de la mañana se va a las 11:30, regresa a las dos de la tarde y a las cuatro se retira del lugar con los frutos del día.

En una jornada puede hacer entre dos y cuatro documentos, cuyos precios varían de acuerdo con el tamaño y finalidad del mismo.
“Este oficio me ha dado el sustento diario durante 42 años y lo ejerceré hasta que pueda” afirma este bugueño que ya hace parte del paisaje de la transitada y concurrida carrera 12.

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