“…sería bueno que los dueños del billete usaran la cabeza y miraran muchos años adelante…”.

Hay sabores y lugares que siempre están en nosotros pero por los afanes de lo cotidiano asumimos que son cosa del pasado, hasta que por alguna curiosa coincidencia topamos con una circunstancia que activa la memoria de los sentidos y los mismos se convierten en tiempo presente. Por ello hay que dar la bienvenida a dos investigaciones de jóvenes tulueños que recuperan este tiempo detenido. Una sobre cocina tulueña liderada por Juan Carlos Escobar Rivera y que nos entregó el año pasado un muy bien hecho cuaderno titulado “¡Sin comida no hay alegría! Rescatando los saberes/sabores de la cocina tulueña”, donde se reúnen las guisanderas y confiteras más notables de la ciudad que además comparten algunos de los secretos de sus afamados fogones, y otra, más reciente llevada a cabo por la Corporación Equilibrio que acaba de producir un documento sobre la galería o plaza de mercado de la ciudad que llamaron “El Plazo de la plaza Tulueña. Voces de una galería silenciada” que pone su atención en el patrimonio arquitectónico, histórico y cultural que tiene para la ciudad su tradicional Galería.

Siempre me ha llamado la atención el poco alcance de nuestros urbanistas en lo que tiene que ver con la comercialización de las edificaciones icónicas de nuestras ciudades, siempre piensan en lo fácil e inmediato, es decir tumbar y encajonar, que es lo que ahora llaman construir, así se lleven por delante el futuro del espacio que negocian y del que esperan rápidos y contundentes beneficios. No imagino a los arquitectos que tuvieron a su cargo la remodelación del madrileño Mercado de San Miguel, que tiene una estructura muy similar a la de la Galería tulueña, pensando en echar por tierra el mismo para levantar cualquier adefesio de los que ahora se estilan. Ni a los que se encargaron de recomponer el Mercado de San Idelfonso en el movido barrio de Malasaña y convertirlo en el divertido espacio que hoy ofrece la mejor coctelería de sus alrededores y un buen libro de viejo por si se hace necesaria una buena compañía, pensando demoler lo que toda la vecindad asume como parte de su identidad madrileña.

Por eso sería bueno que los dueños del billete usaran la cabeza y miraran muchos años adelante, convirtiendo la Galería en un sitio donde tuvieran acomodo esas maravillosas cocineras de las que nos habla Escobar Rivera, junto a los nuevos chef que renuevan gustosamente los paladares tulueños, para que Tuluá tenga el sitio que merecen sus sabores y saberes para deleite de propios y extraños.

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