“…hay un propósito de mostrar como peligrosos enemigos a los que no se ajustan a sus afanes de poder…”.

Fue el Papa Gregorio en el siglo VI quien instituyó los siete pecados capitales que, según Santo Tomás, son los que originan todas las formas del pecado. Estas acciones serían, de acuerdo a la moral cristiana, las formas de vicio al que la condición humana está naturalmente inclinada. Para contrarrestar estas pasiones malvadas la iglesia instituyó igual número de virtudes que combaten con ellas en el corazón de los humanos. Unas y otras se encargan de caracterizar el comportamiento de la especie de acuerdo al grado de influencia que cada una de ellas, o algunas de las mismas o todas, tengan en las conductas de los individuos.

Son entonces sentimientos del hacer que nos acompañan de nacimiento, muy contrarios a la emoción del miedo que tiene efectos paralizantes y que la mayoría de las veces es una sensación que se nos ha inculcado, como una perversa pedagogía que niega nuestra individualidad impidiéndonos asumir nuestras propias decisiones, para que otros controlen nuestros deseos y ejecuciones.

Desde infantes se nos inculca el miedo al demonio, a lo diferente, al otro sexo, al sexo, a las pasiones, a lo extranjero, a lo desconocido, a las otras etnias, a otras sexualidades y en fin a todo lo que pueda alimentar nuestra curiosidad y nuestro asombro. Nos convertimos fácilmente en seres manipulables por las advertencias de peligro que emiten quienes controlan lo que pensamos es nuestra garantía de comodidad y supervivencia.

Por eso ahora, los mismos que nos exacerbaron nuestros más primitivos sentimientos de ira para negar mediante el plebiscito el fin de la guerra, se valen de provocarnos el miedo, mediante un planeado propósito de mostrar como peligrosos enemigos a los que no se ajustan a sus torvos designios, a sus afanes de poder y exclusivo saqueo de todas nuestras fuentes de riqueza. Para nuestro bienestar y el de nuestros compatriotas no los escuchemos.

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