“…vivificó su conciencia experimentando la sensación de lo fugitivo, de lo consciente y de lo ideal…”.

No podíamos los tulueños, amigos de las letras, dejar pasar por alto los 90 años del fallecimiento de uno de los grandes valores de la poesía tulueña, que se cumplirán el próximo 23 de mayo. Se trata de Rafael A. Victoria Rojas, quien había nacido el 14 de junio de 1870, hijo del ilustre matrimonio conformado por don Teófilo Victoria con doña Victoria Rojas.

La familia Victoria lleva en Tuluá, cerca de quinientos años, sirviendo a su tierra desde diferentes esferas de la actividad pública. Hizo el maestro Rafael sus estudios primarios en la escuela de don Ramón Tascón y en la de don Tiberio Román. En Bogotá, inició estudios de filosofía, los cuales suspendió por la guerra civil. En representación de su bandera azul, que tanto amó, fue concejal de Tuluá, diputado a la Asamblea del Valle del Cauca, Inspector de Instrucción Pública y catedrático. Elegido representante a la Cámara, no quiso tomar posesión.

Persona de gran cultura literaria, autor de varias obras teatrales, algunas puestas en escena. Se destacó en la poesía, son aplaudidos sus sonetos Al hipócrita, Ilusos y Caretas, al igual que sus poemas, Invocación a la muerte y Canto a Colombia, que le dieron a conocer nacionalmente en este género literario. En el periodismo escribía con el seudónimo de El Barbero. Contrajo matrimonio con la señora María Agustina Martínez Llanos y padre de siete hijos.

El Kalvo, como se le conoció, vivificó su conciencia experimentando la sensación de lo fugitivo, de lo consciente y de lo ideal. Convivió con los espíritus desamparados, porque tuvo necesidad de estimular el pudor de secretas liviandades y el decoro del talento; porque gustaba estrellar su espíritu contra las rocas aridecidas del dolor. Creyó elacionadamente en la sentencia versificada, “El pecado redime” porque es símbolo de virtud y de atracción, porque dentro de él, se levantan las almas para mirar las de quienes están incapacitados por su vencimiento, por su incomprensión y por su falsía, para huronear dentro de las legítimas realidades de la vida.

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