“…Estamos lejos, pero muy lejos, que se convierta en realidad, aquello de que los centros se denominen de resocialización…”.

El hacinamiento en todas las cárceles del país ha sido un mal endémico al cual nunca se ha podido poner remedio en forma definitiva, sino que a través del tiempo se han aplicado paños de agua tibia y en la medida que crece la delincuencia es mucho más difícil y complejo la solución, mientras que una justicia paquidérmica en nada ayuda y antes por el contrario cada día se agigantan las dificultades.

Es así que el fenómeno que se presenta actualmente en el centro penitenciario de mediana seguridad de Tuluá, es un fiel reflejo de la ausencia de políticas claras y eficaces en materia de castigo a los criminales y delincuentes que deben pagar sus penas y pensamos que los mismos gobiernos en cabeza de su presidente se engañan a sí mismos, cuando anuncian grandes sumas de dinero para construir centros de rehabilitación e inclusive que inauguran sin siquiera ponerlos a funcionar debidamente.

En esta ciudad, después de miles y miles de gestiones, se logró que se ampliara la cárcel para que tuvieran acceso 600 personas más de las 800 que se tenían años atrás en la antigua y cercana sede, pero resulta que por eso de los procedimientos fantansiosos de los funcionarios, se comenzaron a recibir presos de todas las cárceles del país y por supuesto nunca se pudo descongestionar la existente y en consecuencia, tal como se esperaba, los internos iniciaron sus consabidas protestas, y con toda la razón, porque creció el hacinamiento, toda vez, que la nueva construcción no ha sido habilitada por falta de personal y de un adecuado presupuesto, lo que lo puede convertir en un elefante más de esos que pululan a lo ancho y largo del territorio nacional.

Ahora los internos que tienen a su favor el derecho a una alimentación saludable, adecuaciones locativas acordes con la dignidad humana, ganaron una Tutela, que olímpicamente no ha cumplido el actual director carcelario y por lo tanto ha sido condenado a dos días de prisión por desacato. Y es así, que no se resuelve el problema del hacinamiento con soluciones transitorias, mientras no se manejen con un criterio integral, que permita conceder las peticiones concretas de los internos, mediante formulaciones de proyectos funcionales y con visión de futuro que se convierta en realidad.

Estamos lejos, pero muy lejos, que se convierta en realidad, aquello de que los centros se denominen de resocialización, mediante programas no solo represivos sino educativos, formativos y de carácter esencialmente humanitarios que reintegren de verdad al interno a la sociedad para que se dediquen a la práctica del bien y jamás vuelvan a delinquir. No basta con el discurso ni las promesas, es necesario hacerlos realidad y ojalá no sea demasiado tarde.

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