“…La cruz tiene eficacia salvífica, de tal manera que somos los beneficiarios del dolor de Jesús…”.

“Dijo Jesús a Nicodemo: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea, tenga por Él vida eterna” Juan 3,14-15
Jesús le recuerda a Nicodemo la experiencia del pueblo de Israel en el desierto, enfrentados con serpientes que los atacaban y morían a consecuencia de ello; Dios manda a Moisés hacer un estandarte con una serpiente de bronce y todo el que la mire, al ser picado, se salvará.

Ahora nosotros vamos acompañando a Jesús próximo a la realidad de la cruz, con todo lo que implica de dolor, incomodidad y soledad, y también esperanza y confianza en el amor del Padre Dios. El Señor mira el desenlace de su vida y encuentra que tiene sentido en la medida que se acepte y entienda como una acción salvífica, redentora, para la humanidad agobiada por el pecado.

No es fácil la cruz, ni entenderla ni aceptarla, pero no podemos negar que Jesucristo dignifica el madero santo y si antes era maldición ahora es bendición, que nos dice que “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna y nadie perezca” (Juan 3,16).
La fe, adhesión y confianza en Dios, nos lleva a confesar el Misterio de la Cruz de Cristo, instrumento válido para alcanzar la salvación; Cruz y Crucificado se integran de tal manera que es imposible negar su eficacia ante la realidad del pecado que nos afecta y separa de Aquel que quiere para nosotros vida eterna.

La vida eterna no comienza con nuestra muerte ni la podemos entender como “suerte”, sino que está unida indisolublemente a la Cruz de Cristo Jesús, de tal manera que él consigue para nosotros en el Calvario que nuestra vida se prolongue en Dios más allá de la muerte y que ésta no sea más que un paso a la realidad eterna y definitiva del Padre del Cielo. Nuestra vocación última es la eternidad con Dios, poder contemplarlo, cara a cara, como Él es, en el cielo, y esto ocurre al ser levantado Jesús en la cruz.

La cruz tiene eficacia salvífica, de tal manera que somos los beneficiarios del dolor de Jesús, de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, de su fe en el buen Padre Dios expresada en oración en ese difícil momento, de su perdón y del regalo maravilloso de la Madre Dolorosa, que estaba al pie de la cruz y continúa acompañando nuestro trasegar hasta que seamos llamados a la presencia del Todopoderoso.
La cruz es pues referente de y para la vida del creyente, pues no podemos entenderla sin Jesús, ni entenderlo y aceptarlo a él sin su paso por esta realidad salvífica.

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