“…el Señor nos da la gracia para producir lo debido, siendo dóciles a su acción…”.

“Siervo honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de lo importante. Pasa a la fiesta de tu señor” Mateo 25,21
Terminando el año litúrgico se nos presenta esta parábola de los talentos, que nos permite entender a qué se parece el Reino de los Cielos.

La parábola nos narra a un hombre rico que se fue al extranjero, responsabilizó a los sirvientes de sus posesiones, de acuerdo a sus capacidades, dando a uno 5 talentos, a otro 2 y a otro 1. Cuando vuelve a pedir cuentas los dos primeros han producido el doble y el tercero nada; a este último se le quita lo que tiene y es expulsado a las tinieblas.
Si bien en tiempo de Jesús un talento era una gran riqueza, algo así como unos treinta kilos de oro, hoy nosotros lo entendemos como una capacidad, una virtud o un don a partir de lo cual hay que producir, generar ganancias o como el árbol bueno dar frutos, que no son solo para nuestro beneficio personal, para llenarnos de orgullo, sino para enriquecer y solidarizarnos con los demás.

En el contexto de la parábola es muy llamativo el hecho de que se entreguen los talentos de acuerdo a las capacidades de las personas, con la confianza que los harán producir; hoy diríamos que el Señor nos da la gracia para producir lo debido, siendo dóciles a su acción, y siempre en beneficio de la comunidad.
Ahora bien, el Señor nos conoce, sabe quiénes somos, de qué estamos hechos, conoce nuestras debilidades y fortalezas, y por eso nos entrega talentos; sin embargo, tenemos que ser conscientes que muchas veces el egoísmo, mezquindad, ambición, orgullo y ser altamente competitivos, no permite que el Reino de los Cielos ocurra y lo más grave es que tenemos que dar cuentas de nuestros rendimientos en medio de este mundo dividido, violento e injusto, pero en el cual vivimos en fe y esperanza.

Somos siervos inútiles que hacemos lo que tenemos que hacer con la ayuda de Aquel que nos ha llamado a su servicio y nos ha enriquecido con toda clase de bienes, dones y oportunidades, para nuestro beneficio y el de los demás. Agradecer aquí no puede ser solo palabras bonitas o piadosas oraciones, sino también acciones concretas que expresen que no escondimos lo recibido sino que lo hemos multiplicado por un número indefinido.

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