“…La pregunta que hicieron los magos sigue siendo actual para nosotros: ¿dónde está Jesús?…”.

“¿Dónde está el rey de los judíos, que acaba de nacer? Porque vimos cuando apareció su estrella y venimos a adorarle” Mateo 2,2

En estos días de la Navidad hemos escuchado que Jesús ha venido para traernos la salvación y para reconciliarnos con el Padre del cielo, es el Salvador que ilumina el camino de todos, nos da vida y quiere que la tengamos en abundancia.

Llegamos a la Fiesta de la Epifanía o de Reyes y encontramos estos personajes que no dejan de ser un tanto enigmáticos, que solo aparecen una vez en el Evangelio, no tienen ningún nombre ni se precisa su número. Llama la atención que sigan una estrella y busquen al rey de los judíos recién nacido, que hayan recibido esa Buena Nueva y con docilidad seguido la señal, que lleguen hasta la presencia del déspota Herodes para recibir alguna noticia sobre el pequeño rey y que se conviertan en quienes anuncian por primera vez en Jerusalén el acontecimiento del nacimiento de Jesús.

Estos magos de Oriente vienen para adorar al Rey de los judíos, y ya con este gesto están reconociendo que es Dios y seguramente se sorprenden al encontrar la sencillez de María y de José y del lugar donde ha nacido, y aun así se postran para adorarlo en una actitud de profunda humildad y reconocimiento de su grandeza. La tradición nos ha dicho que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar, transmitiéndonos la idea de representar a las diferentes razas humanas y el Evangelio nos aporta que entregaron como regalos oro, incienso y mirra, para reconocer que ese pequeño Niño es Rey, es Dios y es hombre que pasará por la pasión.

La pregunta que hicieron los magos sigue siendo actual para nosotros: ¿dónde está Jesús? ¿dónde podemos encontrarlo para adorarlo? La respuesta implica por lo menos tres elementos: a Jesús lo encontramos presente en su Santa Palabra, en los Evangelios; lo encontramos realmente presente en la Eucaristía, en su Cuerpo y en su Sangre, que se entrega para nuestra salvación; está presente en la Iglesia, en cada creyente, pues en la otra persona encuentro no solo un hermano sino que es el mismo Señor Jesucristo.

Ahora bien, se trata de adorar a Jesús presente en la Palabra Santa, en la Eucaristía y en la Iglesia, lo que implica reconocer a Jesús como Rey, teniendo la necesidad de ponernos en camino para encontrarlo, dejar la indiferencia y el orgullo, y tener la humildad de postrarnos delante de Él.

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