“…Nos acostumbramos a la mentira y el Señor nos dice que la tarea es testimoniar la verdad…”.

“Le dijo Pilato: entonces, ¿tú eres rey? Jesús contestó: Tú lo dices: Yo soy rey; para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz” Juan 18,37

Con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo terminamos el año litúrgico y nos preparamos para comenzar el nuevo a partir del próximo domingo con el tiempo del Adviento que nos prepara a la celebración de la Navidad.

Jesús es interrogado por Poncio Pilato sobre su reino y directamente le pregunta si él es rey, recibiendo una respuesta afirmativa que le quiere hacer comprender cuál es el sentido de su presencia en el mundo y su testimonio de la verdad.

El reinado de Jesús, a diferencia de los que conocemos como forma de gobierno, es manifestación de la infinita misericordia de Dios con nosotros pecadores y que se expresa fundamentalmente como servicio salvífico a la humanidad, como donación total de la persona de Jesús hasta la muerte sacrificial de la cruz, como entrega a la voluntad de Dios que se manifiesta en el camino que hace con nosotros.

Entendamos entonces que el reinado de Cristo implica comprender las verdades de la existencia humana, aún con todo lo que tiene de pecado, sabiendo que la vocación esencial del servicio a los demás, resulta connatural a todos los que nos identificamos con Aquel que reina desde la Cruz sobre un mundo que vive realidades bien contrarias a la bondad de Dios.

Jesús dice también a Pilato que ha venido para dar testimonio de la verdad y que por tanto hay que escucharlo, y volvemos al conocimiento que tenemos de nuestro entorno para constatar que impera la mentira, el engaño, la máscara, que ni la verdad ni Jesucristo, como verdad de Dios, aparecen en la realidad del mundo. Nos acostumbramos a la mentira, la justificamos de muchas maneras y el Señor nos dice que la tarea es testimoniar la verdad, que nos hace libres.

El reinado de Jesucristo tiene entonces sentido de ofrecimiento al Padre del Cielo de todo su ser por la humanidad, siendo víctima perfecta y pacificadora en el altar de la Cruz, sometiendo al poder de Dios la creación entera y entregándole el mundo como el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia.

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