“…el Señor es fundamental para impulsarnos a seguir  en medio de nuestros aciertos y desaciertos…”.

“Dijo Jesús: mi Carne es verdadera comida y mi Sangre verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y Yo en él” Juan 6,55-56
En el capítulo 6 del Evangelio de San Juan, tradicionalmente llamado el discurso del Pan de Vida, Jesús utiliza la imagen del pan para enseñar quién es y cuál es la función que cumple entre sus discípulos, llegando a decir que es “el pan vivo bajado del cielo” y “el pan que voy a dar es mi Carne para la vida del mundo”. Sabiendo la importancia que tiene el alimento, todos podemos entender que el Señor se constituye en fundamental para sostenernos, impulsarnos y seguir adelante en medio de nuestros aciertos y desaciertos.

La donación de Jesús es total y por eso solo puede entenderse desde el amor, no como un ejercicio académico, sino como una realidad que llega hasta la entrega en la cruz para salvar al género humano, entregando su Cuerpo y derramando su Sangre, constituyéndose su muerte en redentora, es decir, en sacrificio para salvar a otros, liberarlos del pecado, vencer el poder del mal y el de la misma muerte.

Jesús anticipa a sus discípulos esta realidad, haciéndoles comprender, mediante esta imagen del Pan que se constituye en alimento del que se pueden nutrir en la certeza de su Palabra y en su oblación en el Sacramento de la Eucaristía, verdadero memorial del acontecimiento salvífico de la cruz, que es actualizado todos los días al celebrar el sacrificio eucarístico. Ahora nos dice que su Carne y su Sangre son verdaderas, entendiendo con ello que no nos llama a engaño y que cumplen la misión de presentarnos su vida misma y llevarnos a la convicción que seguimos a Jesucristo vivo, no una idea o una persona del pasado, sino alguien que tiene una existencia real.

El que se alimenta de su Cuerpo y su Sangre, además, tiene la ganancia de establecer una relación permanente, no accidental ni momentánea, sino con un carácter de durabilidad tal que “vivirá eternamente”, y ya por tanto estamos hablando de trascender esta realidad terrenal para entrar en la presencia de Dios.

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