Con solo segundo de primaria, es graduado del Sena como mecánico automotriz.

Los motores son su especialidad y por ello desde Tuluá y algunos municipios vecinos, le llevan sus carros para una revisión exhaustiva y el cambio de esta pieza fundamental de todo vehículo. Dago quisiera compartir lo que ha aprendido en la práctica de este oficio y así ayudar a tantos jóvenes que por falta de oportunidades de aprendizaje, se pierden en actividades ilícitas.

Las múltiples y penosas dificultades a las que lo ha sometido la vida no han sido obstáculo para que Dagoberto Fernández Arredondo se haya preparado hasta convertirse en el mejor mecánico automotriz de Tuluá, concepto que tiene muchos de quienes le llevan sus vehículos a reparar.

Nacido en una familia campesina en una finca de Cartago, perdió a su madre a los 7 años, momento a partir del cual empezaron sus penurias cuando su padre, tras conseguir nueva compañera, lo echó de la casa sin ninguna consideración.
“Así, aún niño, me monté en un bus sin ningún destino y llegué a Bogotá donde, sin conocer a nadie, empecé a dormir en las calles hasta que, a punto de morir por hipotermia y hambre, fui llevado a un hospital” señala el trabajador en su sitio de trabajo en la estación de servicio de Ómar Gálvez, situada en la variante de Tuluá.
De allí salió acogido por una familia a la le hacía los mandados y, paralelamente empezó a trabajar en un taller lavando motores, donde prácticamente se enamoró de la mecánica.

Cuando mediaba la adolescencia, a la edad de 16 años, una nueva dificultad se atravesó en su camino: una noche, mientas caminaba por Bosa, cerca a Bogotá, en medio de una balacera recibió una bala perdida en la región glútea derecha, afectándole el sistema nervioso que por poco lo deja cuadripléjico. Esta pierna le quedó inutilizada y la izquierda con muy poco movimiento.

Graduado del Sena

Dispuesto a convertirse en mecánico profesional, poco después retornó al Valle del Cauca y se fue a Buga para estudiar mecánica automotriz en el Sena.
“Me fui a vivir en la glorieta que antes quedaba al frente del Sena y le rogué al director de esa institución que me permitiera estudiar. Duré una semana sentado frente a su oficina hasta que se conmovió y me permitió entrar en calidad de asistente, sin matrícula ni nada” agrega el mecánico caracterizado porque siempre se le ve conduciendo un pequeño boogy que el mismo construyó.

Cuatro años después salió graduado y aunque su discapacidad lo limitaba mucho, llegó Tuluá y se instaló en una funeraria local para hacerle el manteamiento a sus vehículos.
Poco después, hizo amistad con Ómar Gálvez quien le ofreció un espacio abierto en su estación de gasolina para que lo utilizara como taller y, como si fuera poco, le asignó un pequeño cuarto donde duerme.

El boogy en el que se moviliza como si no tuviera ninguna discapacidad, lo construyó él mismo en el 2001.

Nuevo accidente

Pero la vida la tenía reservada otra sorpresa a Fernández Arredondo. Una mañana del año 2010, mientras desayunaba en el norte de Tuluá, alguien lo llamó para que le desvarara un carro. Sin pensarlo dos veces, tomo su boogy y salió a gran velocidad a cumplir con la cliente.

“Cuando iba llegando a la variante, sobre la calle 24, de repente se me atravesó una niña con un perro pequeño y, para evitar el impacto, di un timonazo y me fui derecho hacia un camión viejo que estaba estacionado a un lado. El impacto me destrozó la pierna que ya tenía perdida por lo que me fue amputada y me afectó la otra” agrega el mecánico.
Este nuevo percance en su vida, lejos de desanimarlo, hizo que le tomará más amor la vida y, sin desmayar, una vez salió de la clínica, volvió a su oficio para satisfacción de los muchos clientes que ha conseguido a lo largo de su profesión.

“Mi especialidad son los motores pero también trabajo con conocimiento las cajas y las transmisiones. Yo escaneo un carro sin necesidad de máquinas, para mí las máquinas no tienen ninguna función” puntualiza Dago, como lo conocen todos en Tuluá, sin ningún asomo de presunción.
Mientras termina la revisión de un motor, el mecánico, hoy con 47 años de edad, señala que no quisiera concluir su vida sin compartir todo lo que ha aprendido, por ello está pendiente de dos ofertas, una del Sena y otra de la alcaldía de Riofrío, para llevar sus conocimientos a una serie de jóvenes que, como él, aman la mecánica.

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