El Ministerio del Trabajo acaba de expedir una directiva mediante la cual ofrece las mismas condiciones laborales a los venezolanos que hayan llegado antes del 28 de julio pasado.

Buscando mejorar su calidad de vida tras huir de su patria que cada vez se hunde más en una aguda crisis social, cientos de venezolanos siguen llegando a las distintas regiones del país, muchos de los cuales han escogido a Tuluá como lugar para reconstruir su vida.

De acuerdo con los registros que se llevan en la Secretaría de Gobierno Municipal, hasta el momento la cifra de migrantes actuales ya se acerca a los 500, en su gran mayoría núcleos familiares completos.
Al ser consultados sobre las razones de escoger a Tuluá como punto de llegada, muchos de ellos precisan que tienen familiares en la ciudad. Estos nuevos residentes por su parte, una vez establecidos, albergan amigos lo que va incrementado el número.

La generalidad de ellos dice no querer volver a su país, al menos por el momento, en razón a que la situación allí es cada vez más crítica, y prefiere esperar el desarrollo de la situación para pensar en un regreso definitivo.
Varios de ellos son profesionales y, ante su calidad de emigrantes, han debido desempeñar funciones diferentes a las que realizaban en su país, todo con el fin de ganar su sustento diario.
EL TABLOIDE habló con dos matrimonios, todos profesionales, para conocer su situación actual.

Lavando carros

Nelson Estiven Monsalve Mosquera, de 28 años, y Marjorie Andreina Infante Quintero, de 29, salieron de su natal estado de Barinas a finales de agosto pasado y arribaron a Tuluá el 28, alojándose en casa de unos familiares de ella en el barrio Tomás Uribe Uribe.

En el lavadero de carros, el joven ingeniero de sistemas gana para el sustento diario. Añora su tierra y, con todas las circunstancias difíciles que atraviesa, quisiera volver aunque no sabe cuándo.

Él es ingeniero de sistemas y ella tecnóloga en construcción civil pero, a pesar de su experiencia y registros académicos, ninguno ha podido ubicarse en sus respectivas áreas.
En la actualidad Monsalve se encuentra lavando carros en un establecimiento de la ciudad, mientras que su esposa Marjorie trata de ayudar al sustento familiar como vendedora en un almacén de calzado de la calle Sarmiento. Ambos llegaron con su hijo de dos años y medio.
“La situación en Venezuela no es fácil pero aún así, a mi sí me gustaría volver algún día a mi país, solo que en estos momentos es preferible estar lejos porque allá no hay condiciones laborales ni sociales” sostiene el ingeniero de sistemas.

A su lado, Luis Alfredo Andara, chef de profesión, quien llegó primero a desarrollar el mismo trabajo en ese lavadero, disiente de su paisano señalando que en Tuluá lo han recibido tan bien, que quiere quedarse por siempre en la ciudad. De momento está atendiendo un pequeño negocio de arepas venezolanas con gran éxito.
“Mi vida era próspera en Islas Margarita, tenía mi propio restaurante y me iba bien pero cuando los antisociales me tomaron como objetivo, llegó el momento en que no aguanté más y decidí emigrar” señala Andara.

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Levantando paredes

Para Eduardo Rafael Rodrí-guez Hordy y Yerimar Cecilia Villegas Navarro, de 32 y 29 años, la vida tampoco ha sido fácil. Él es técnico en computación y ella médico veterinario pero ninguno de los dos está cumpliendo con sus funciones profesionales.
Su llegada a la ciudad data del 15 de septiembre, es decir apenas están cumpliendo un mes, y provienen del estado Lara donde además dejaron a sus respectivas familias. Se vinieron solos a pesar de que ella se encuentra con seis meses de embarazo.

Ante la imposibilidad de ejercer su profesión como técnico de sistemas, Eduardo Rafael Rodríguez se está desempeñando en labores de construcción, una función que no le es del todo desconocida.

“Llegamos a Tuluá por recomendación de un amigo que ya estaba aquí y nos alojó la primera noche en un centro cultural donde trabajaba. Ahora ya estamos ubicados en un cuarto y poco a poco esperamos acomodarnos mejor” dice la veterinaria en la sala de la casa donde viven al noroccidente tulueño.
Deseoso de volver a su profesión original, Rodríguez Hordy puso un aviso en el balcón de la casa donde vive, ofreciendo sus servicios como técnico en computación y, mientras tanto, halló trabajo como ayudante de albañilería en una obra de construcción.

“La gente de Tuluá es muy generosa, no hemos sentido ningún gesto de discriminación y hemos recibido ayuda de quienes ni nos conocen” agrega Yerimar Villegas, quien espera en su nuevo hogar también un ofrecimiento laboral en el área veterinaria.
Para la joven pareja inmigrante, volver a su país no está todavía entre sus planes futuros porque, a su juicio, la situación política no va a mejorar en muchos años y quienes se muestran como oposición no tienen credibilidad.

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