“…Esa sensación me gustó pues con ella pude ratificar que la tal paz de Santos es real, existe…”

Debo confesar que por la televisión y las redes sociales los videos que muestran a los ciudadanos en el departamento del Quindío y en Florencia Caquetá protestando ante la presencia de los candidatos de las Fuerzas Revolucionarias del Común, Farc sentí un fresquito y un hálito de alegría inundó mi ser.

Esa sensación me gustó pues con ella pude ratificar que la tal paz de Santos es real, existe, es medible y se puede palpar a través de los hechos cotidianos. Si la paz fuese un fracaso como afirman los Uribe, Pastrana, Duque, Ordóñez y Ramírez por solo mencionar a los que siguen las tesis del Señor del Ubérrimo, no habría sido posible que un grupo de ciudadanos armados solo con las palabras se enfrentaran a Timochenko e Iván Márquez, otrora jefes de insurgentes y quienes bajo el imperio ilegal de las armas eran intocables.

Por eso lejos de escandalizarme la actitud de estos compatriotas, me parece normal y habla bien del sistema democrático donde se nos permite desahogar las iras, rabias, resentimientos y frustraciones sin que ello implique recibir retaliaciones de ninguna índole.

Creo que ni el más optimista de los colombianos hace seis años cuando se inició todo el tema de las conversaciones de La Habana pensó que podría gritar en la cara de Timo y los demás jefes todo el dolor que embarga a un buen número de colombianos, víctimas directas o indirectas de un grupo armado que alzado contra el estamento libró feroces batallas dejando muertos, lisiados, secuestrados y desaparecidos, una herida que tardará décadas para que cierre de manera definitiva.
Reitero entonces mi llamado de siempre a construir una nueva patria, una nueva Colombia a partir de la consolidación de la paz estable y duradera que siempre hemos añorado.

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