“…el costo de vida se pone cada vez más alto y los campesinos deben emigrar…”.

Crecer en el campo es un acto de fe, ya que en lo rural de nuestro país la pobreza es tres veces mayor que en las áreas urbanas, por ende me duele la causa campesina, sus limitaciones en políticas públicas y en especial el fenómeno que observo desde hace un par de años en Tuluá, Andalucía y San Pedro, al cual llamo el destierro al campesino. Pero cuidado, no hablo de una coacción armada tipo desplazamiento forzado, como lo hicieron los paramilitares y la guerrilla. El destierro al campesino, así como al trabajador de la tierra, al cual conocimos como jornalero es disimulado, sutil y diplomático, lo vemos gracias a la vulgar política urbanística de secretarios de planeación que destruyen toda una dinámica económica, social y cultural.

En las zonas rurales del centro del Valle los arriendos eran muy económicos, el costo de vida era bajo, podían vivir comunidades que labraban la tierra; esa misma tierra era destinada para cultivar café, tomate, frutas. Recuerdo ver en las mañanas hombres y mujeres subir a fincas a trabajar, pero ahora las fincas que otrora dieron alimentos, son casas, urbanizaciones, hoy las lotean con permisos de planeación “sin sustento jurídico”, amparados en un sustento falaz: “Si hay viabilidad del acueducto se puede parcelar hasta un páramo”. Hágame el bendito favor; eso es más “chimbo” que un billete de 100.000 tirado en la calle. Los predios rurales no se pueden parcelar por debajo de la Unidad Agrícola Familiar, la ley 160 de 1994 e importante jurisprudencia de la Corte Constitucional han sentado precedente, también como la limitación para agregar terrenos a suelo de expansión y vivienda.

El resultado es que la tierra en zona rural se ha puesto a un precio irreal, la gente no destina la tierra para alimentos, ahora hay un frenesí por urbanizar, con un lógico resultado, la destrucción del medio ambiente, pero lo que no ven estas poblaciones es que el costo de vida se pone cada vez más alto, energía, servicios, impuestos, y los campesinos deben emigrar, no hay como vivir en esa burbuja inmobiliaria. Pueblos como La Marina, la niña consentida del Valle, terminarán con arriendos suntuosos, donde solo podrán vivir médicos, profesionales o rentistas de capital, tal cual como pasó en Salento-Quindío, donde la población originaria se tuvo que ir por el costo de vida.
Alejo877@gmail.com

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