“…están en deuda con miles de campesinos, que perdieron sus tierras, o las vendieron a precios ínfimos…”.

Hace 18 años ingresó el bloque Calima de las autodefensas al centro del Valle del Cauca, generando una profunda transformación en la dinámica cultural, económica y social. Tuluá fue el epicentro de ese ingreso un 31 de julio de 1999, cuando al corregimiento de La Moralia ingresaron hombres fuertemente armados, lo que sería el inicio de una serie de masacres, desapariciones, violaciones a los derechos humanos, que se extendiera por Andalucía, Buga, San Pedro, Zarzal, durante años y que a su vez fuera negada por meses por los actores oficiales como la Alcaldía de Tuluá de aquel entonces, la Gobernación del Valle, el Ejército Nacional y la Policía, lo que convertiría la región en una zona de guerra entre criminales.

Las FARC históricamente hicieron presencia en la cordillera central y delinquieron como si de su estado se tratara, la llegada de los paras se gestó gracias al financiamiento de políticos, narcotraficantes y algunos “empresarios”, quienes tenían intereses de proteger laboratorios de hoja de coca, abaratar tierras, influenciar y obtener más poder. Son tantos los hechos trágicos que dejó la aparición de esa organización, que las Alcaldías y Gobernación están en deuda con miles de campesinos, que perdieron sus tierras, o las vendieron a precios ridículamente ínfimos, fincas regaladas se negociaban, hombres, mujeres, niños, quienes dejaron todo por venir a una ciudad, mientras el Batallón Palacé de Buga y las AUC patrullaban como hermanos de sangre, las masacres en zona urbana y rural no pueden obviarse como si no hubiese pasado nada.

El fenómeno paramilitar hizo tanto daño como lo hizo el guerrillero en la región, exigir justicia, reparación, verdad, y memoria es un deber de la sociedad, a los lideres políticos que se reunían con paramilitares y aún posan de incólumes, a los que le financiaron las balas, y a los que amasaron tierras en esa fiesta de sangre, cabe decir nunca más, eso nunca puede volver a repetirse, el estado jamás puede volver a dejar sola a su población campesina.

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